lunes, 25 de febrero de 2008

Rendición

boomp3.com


No entiendo qué puede estar removiéndome los suelos ahora. Costándome mares de lágrimas, y desvelos que a veces creo innecesarios. Mis enemigos escarnecen Tu nombre porque los invoca un ser débil e ineficiente, alguien acostumbrado a un Edén inexistente. Se desgarra mi alma al ver que todo lo que me diste, me quitaste. Que seres que amé, ahora luzcan indiferentes a mi indiferencia. Que mi protagonismo debe morir, para conocer la grandeza de Tu gloria. Me cuesta, me cuesta mucho. Me cuestas mucho...

“Adorar a Dios no es barato… cuesta la vida (Danilo Montero)”.

No entiendo qué pasó hace unos días, pero mi vida ha cambiado. En casa me espera alguien que quiere ungirme con Tu poder, mientras yo, en el tranquilo pasto, rodeado de ovejas y guitarra en mano, aún me pregunto cómo puedes querer usar a un ser melancólico. Mi inconformidad no parece un atributo positivo, es por eso que necesito saber qué esperas Tú de mí. Necesito saberlo. Actuar es tan difícil cuando en quietud se puede ver Tu mirada. Pero me inquieta saber que desvías tu mirada a otros que no creen en Ti, que blasfeman contra Ti con sus vidas. Y lloras por ellos...

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos (Juan 17:20)”.

No entiendo Tu paciencia y Tu perdón. Tus pactos eternos y perfectos, cuando los míos son efímeros e irreales. Si de veras amas la justicia, pues deberías olvidarte de este mortal. Aún así, existe algo hermosísimo que restauró una triste vida, color carmesí, me hace sentir tan bien que no puedo explicarlo con palabras. ¿Tu preciosa sangre... por un niño?

"Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños... (Lucas:10:21)".

Y no puedo entender, y creo que jamás lo haré, por qué me amas tanto. Y yo no puedo evitar amarte. Eres mi sustancia. Mi vida resulta patética sin Ti. Permíteme vivir para Ti, Adonay. No encuentro una mejor vida si no es a Tu lado. Demándame lo que quieras, mi Maestro. Mi confianza está puesta en Ti. Y hoy renuncio a mi vida, por Ti.

“Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; Tú sustentas mi suerte (Salmos 16:5)”.



-Siento decirte esto, y un día me lo dijeron así: Dios te dice, ¡sal del la higuera y no digas más soy niño porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande!

-¿Saldrías tú de la higuera sabiendo que ahí está el calor protector de Dios? … ¿o me estoy engañando?

-Pues si lo quieres ver cara a cara como Jacob, o ver su espalda como Moisés, o ver venir hasta el Seol por ti como David, pues sí.

(Conversación con un hermano, amigo y siervo de Dios)

viernes, 22 de febrero de 2008

JC: Resurreción y Victoria (parte 4)

boomp3.com

Continuación de serie JC (1, 2, 3)

“Y por medio de Él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz (Colosenses 1:20)”.

Un ser de aspecto como un relámpago y su vestido como la nieve (Mateo 28:3) brillaba en el fúnebre recinto provocando terror a las fieles mujeres. Los guardias que cuidaban el sepulcro huyeron despavoridos al ver al sujeto. Sabían que nada andaba normal desde que ajusticiaron al inocente nazareno. ¡No teman! Un gozo complementaba el temor, esa luz de alguna manera señalaba una naciente esperanza que dos días atrás había sido clavada y sepultada en la oscura cueva sin intenciones de regresar. Mientras el ángel de Dios hablaba, María Magdalena, perdida en la mirada, liberaba el fruncimiento de su rostro, y completaba una triste sonrisa cuando escuchó las siguientes palabras: No está aquí, pues ha resucitado (Mateo 28:5). Fue cuando, consternada, recordó los insistentes anuncios de la muerte de su amado que, por aquellos tiempos, nadie lograba entender (Marcos 9:32) y, la mejor parte de todo, Su resurrección:

“…se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. Pues será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y afrentado, y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día resucitará (Lucas 18:31-33)”.

Resucitaron sus esperanzas. María Magdalena, y Juana, y la otra María fueron a ver a los discípulos inmersos en una profunda tristeza para contarles lo que habían visto. Éstos dudaron y tomaron como ofensa que las mujeres vayan a darles semejante noticia a corazones ya desesperanzados y abatidos. Locas, fueron llamadas (Lucas 24:11). Entre ellos, Pedro, como nunca débil y melancólico, sin el impulso ni la osadía que lo caracterizaba, se levantó. No tenía nada que perder, ya lo había perdido todo. Echo a correr, mientras que Juan, despedazado hasta el alma, recordaba cómo vio morir a su amado al pie de la cruz; habría dado lo que fuera por verlo nuevamente, abrazarlo y decirle cuánto lo amaba. Desesperado, sin saber qué creer, fue corriendo tras Pedro, y un amor inexplicable le aceleró los pies (Juan 20:4), y se adelantó. Llegaron, vieron los lienzos solos, creyeron y se maravillaron. Finalmente, volvieron con los demás.

“¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos? (Mateo 21:42)”

La cueva era aún victima de sollozos lastimeros. María Magdalena, contagiada de la ardiente pasión de los otros discípulos, quien había seguido a Jesús en todas sus empresas y le había servido con fervor (Lucas 8:2), lloraba de rodillas, sin consuelo. Su corazón latía confusamente cuando decidió mirar dentro del sepulcro. Escuchó una voz. Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Pensó que era el hortelano y le preguntó por el cuerpo. La voz se dulcificó y habló con autoridad. ¡María! En ese instante, sus ojos fueron abiertos y vio a Su Maestro. ¡Raboni! (Juan 20:16). Se acercó raudamente a besar sus pies cuando Jesús le dijo que no lo toque. Quería ver a Papá primero. Él estaba tan feliz, tan ansioso por ver la sonrisa poderosa de Su Padre porque, complaciente, le obedeció hasta Su último respiro en la tierra. Además iba a celebrar Su victoria pues con Su muerte no había perdido nada, sino había ganado la salvación de la humanidad (Juan 6:39).

“Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios (Juan 20:17)”.

Como nunca esa frase se tornó en una verdad eterna para quienes creen Su nombre. El enemigo y sus planes perversos se vieron reducidos y destruidos en la cruz. Ahora que Jesús compró la vida de todo ser humano con Su muerte, la conexión con el Padre sería perfecta. Fue la mayor victoria de todos los tiempos. Por entonces, dos hombres que estaban con los discípulos, salieron a Emaús, una aldea no muy cercana a Jerusalén, recordando lo acontecido con tristeza en los ojos, y cansancio de alma. De pronto, Jesús se acercó y caminó con ellos, pero éstos no veían quién era en verdad, pues tenían los ojos velados (Lucas 24:16). Ante la pregunta de Jesús, ellos comentaban cómo el pueblo había perdido a un profeta más, quien supuestamente había de redimir a Israel. Ante esto, Jesús, les explicó que era necesario que el siervo de Dios padeciera y entrara en su gloria (Lucas 24:26). Con sus labios, lleno de versos profundos y poderosos, declaraba las Escrituras y les explicaba las profecías. Cuando llegaron a su destino, y Jesús, quien aceptó la invitación que le hicieron para quedarse junto con ellos, bendijo el pan en la mesa, les fueron abiertos los ojos y le reconocieron. Antes de que alguna reacción desmesurada interrumpiera la cena, Jesús desapareció de su vista.

“Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras? (Lucas24:32)”.

Inmediatamente, ellos volvieron a Jerusalén, y vieron a los discípulos reunidos, y les dijeron todo lo que habían visto. Perplejos, los once se miraban entre sí. ¿Sería verdad? Las mujeres y estos dos dicen haberlo visto. ¿No nos enseñó el Maestro a creer? De pronto, Jesús se puso en medio de ellos. Paz a vosotros. Un silencio de terror, lágrimas sin destino, ojos quebrados. Estaba precioso y brillando. Hipnotizante como siempre. Jesús percibió su asombro, ¿por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? (Lucas 24:38). Juan temblaba cuando Jesús mostraba sus manos y sus pies que él había visto atravesados, rojos, desgarrados. Jesús sonreía al ver la inoperancia de sus hijitos, y para romper el hielo les preguntó: ¿Tenéis aquí algo de comer? (Lucas 24:41). Era Él. Siempre tan original, tan innovador, tan amoroso. La felicidad y el gozo jamás fueron tan intensos en todo el mundo como aquel día en ese cuartito pequeño. Jesús había resucitado.

martes, 29 de enero de 2008

Enamorado para siempre

boomp3.com

*Continuación de enamorado para siempre (parte 1).

Recuerda, por tanto, de dónde has caído y arrepiéntete… (Apocalipsis 2:5a)”.

El alejamiento, o la falta de pasión, tuvieron un proceso largo que fue toscamente devorado por la religión. El escritor y pastor A. W. Tozer dijo: Sea lo que sea que abrace, la verdadera experiencia cristiana debe incluir un encuentro genuino con Dios. Sin eso la religión es como una sombra, una reflexión de la realidad, una copia barata de un original que alguna vez fue disfrutado por alguien de quien hemos escuchado. La religión, simplemente, rompe la conexión con Dios que debe definir a todo cristiano. La religión es una rutina de cristiandad. Ser cristiano es creer, amar y vivir a Jesús. Si has dejado el primer amor, pídele al Espíritu Santo que te muestre dónde y cómo has caído. Si existe la necesidad de reconciliarse con alguien, hazlo. Si hay algún capítulo inconcluso que solucionar, conclúyelo. Recuerdo el día en que estuve en casa con un amigo que recibió a Jesús esa misma noche. Algo que impactó mi vida fue su breve oración al Padre. Jamás escuché palabras más sinceras e inocentes. Sentí la presencia de Dios inundando mi cuarto con aquellos versos. A veces, es necesario eso luego de reconocer nuestra condición espiritual, volver a “recibir a Jesús”, una primera obra. Un Back to the basics, como lo llamo yo. Un nuevo inicio de algo inacabable suena razonable ¿no?

“… y haz las primeras obras (Apocalipsis 2:5b)”.

La decisión es lo más importante en el cambio. Decidir a quitarte la fachada de cristiano delante de Él y decirle que si eres cristiano es por Él. Que Él es la causa del cristianismo, no la consecuencia. Pedirle pasión por Él y buscarlo con todo nuestro corazón (Jeremías 29:13). Sacar la banderita blanca de rendición y proponerte a depender de Él. En ese momento, tu oración sobrepasará el techo de tu cuarto y la atmósfera de la verdadera adoración inundará tu vida (Juan 4:23). El gozo y la paz se convertirán en tu condición eterna (Salmos 16:11). Tendrás la certeza de que Dios está escuchándote, hablándote, caminando a tu lado, abrazándote mientras lees esto. Sabrás que cuando hablas con Él, Él está frente a ti. Te darás cuenta de que quien está a tu lado, es el ser más poderoso y es más real que el monitor frente a ti. Y correrás desesperado a buscarlo, a querer abrazarlo. Porque te decidiste a recuperar a tu primer amor. Recuerda, nada permanece, sólo la gracia de Dios. Y esa gracia te hace vivir pegado a Él. Podríamos negarle como Pedro, dormir cuando nos pide velar, pecar cuando nos pide santidad. Pero la gracia de Dios supera todo eso y siempre, amado hermano, lo hará.

“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios (Efesios 2:19)”.

Regresa a tu condición de niño. Esa condición en la que no tienes miedo de caer, porque tienes la fina certeza que una mano te sostiene. En la que no temes pedir, porque sabes que te será dado. En la que no temes llorar, porque sabes que serás consolado y alimentado. Sólo los que son como niños delante de Él, entrarán al reino de Dios (Marcos 10:15). Apasiónate por Él, retorna al instante en que le dijiste: Viviré esta aventura porque Tú estás conmigo. Podrás renovarte en los ríos de agua viva que Él promete (Juan 7:38). Podrás creer tus palabras al decirle Te Amo. El encuentro me sirvió para darme cuenta de que si muevo un músculo, lo hago por el amor de mi vida: Jesús; y como dice la canción que subí (en la primera parte), para llevarme al santo lugar en el que Lo conocí. Apasiónate, hermano(a). Pronto llegarán días de gloria, de comunión con Él. Bendecirás a Jehová que te aconseja, aun en las noches te enseñará tu conciencia (Salmos 16:7).

“… y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios (Efesios 3:19)”.

La única razón de ser de un verdadero cristiano es habitar en el amor perfecto de Jesús. Sabemos que el sol renace cada mañana por Su amor, que el aire que respiramos es por Su amor, que la silla con tu nombre en Su mesa está ahí por Su amor. Sé valiente, Él no se limitó en ningún momento cuando estuvo aquí en la tierra, sino que marcó el cambio, y no vaciló porque tenía una meta: Morir por ti. Te amó más que a Su propia vida. Aunque suene imposible, intentemos hacer lo mismo que Él hizo por nosotros.

Mi Señor, tú conoces mi corazón, nada te puedo ocultar.
Sabes que te amo, pero hoy reafirmo ese pacto que hice contigo.
Hoy te digo que te amo más que a nada en la vida.
Ayúdame y enséñame a amarte más. Quiero arder de pasión por Ti.
Mi vida es tuya, es todo lo que te puedo dar.
Mi amor es tuyo.
Gracias por encontrarme, gracias por cuidarme,
Gracias por amarme.
Te amo. Confío en Ti. Eres mi fortaleza.Eres mi primer amor.

sábado, 26 de enero de 2008

Tan lejos...

boomp3.com

De pie me encontraba, aquel cuarto oscuro, cuando vi Tu luz que me hizo caer, rodar, llorar...
Tu gloria fue demasiado para mi vida, cambió mis pasos, cambió mi mente, cambió el rumbo de un simple mortal. Tus ojos me enamoraron y mis labios repitieron tus sublimes cantos, sin saber que pactaba mi vida cotigo.Ya no pudo ser igual, sólo... todo había cambiado.

Tormentas arrasaron, diluvios inundaron, llamas quemaron...
Al final de cada día, en tu nido de vuelta, veía que Tu poder sobrepasaba cualquier límite. Que Tu voz calmaba el desasosiego de la tormenta. Que Tu mano secaba la Tierra y la adornaba del hermoso arcoiris. Que Tu aliento hacía temblar al fuego consumidor que terminaba apagado. Papá, ¿cuánto más poder tienes? Sonreías.

Te amo, retumbaba los montes, iniciaba el crepúsculo. En pequeñas cosillas, insignificantes para cualquiera, me demostrabas increíbles milagros. Vimos gente sanada, mucha gente nueva bajo tu protección. Me mandabas recados, yo feliz, a Tu lado, los hacía. Juntos para siempre. Sabías cuánto te necesitaba, cuánto te anhelaba mi ser. Viniste a tatuarte en mi vida. Viniste a ser la mejor parte de mí. En sueños, incluso, te encontraba.

Es hora de aprender a volar.
Bueno, vamos pues.
Es hora de que lo hagas solo.
Me voy a caer si no vienes, vamos.
Estoy aquí, en la misma rama en que me conociste. Vamos, tú sabes que quiero llevarte a lugares altos. Para eso, necesito que estes adiestrado para llegar a otros montes. Yo puedo hacerlo, tú, para empezar necesitas agitar esas alas y llegar hasta esa otra ramita que está cerca.
Me da vergüenza caer, me da miedo ir sin ti. En el nido todo es mejor ¿no? No quiero hacerlo, no puedo hacerlo.

Inválido, pajarillo sobreprotegido, ya era hora. El entorno espectante, yo cobarde. De pronto, mi armadura ya no se desgastaba, no tenía excusa para buscar que la renovarás. De pronto, mis alas no evolucionaban, no podía obedecerte sin cuestionar como antes. De pronto, ya no quería mirarte, siempre te encontraba amoroso y, a pesar de todo, orgulloso y esperando. Indigno, esperé, temí, no actué, ni lo intenté.

Estabas a mi lado, pero te sentía tan lejos...
Recibías mi desesperado abrazo cuando corría hacia ti, pero Tu respuesta era siempre la misma: Levántate, vuela. Era un Mefi-boset que jamás conoció a David. Era un Jonás instalado en Tarsis. Era un Moisés muerto en Madián. Era un Pedro con la cuarta negación. Pero mi negación no era hacia otras personas, sino hacia mí mismo. Aquel día en que apagamos las llamas, yo vivía de Tu poder. Ahora lo negaba con mi desconfianza.

Sentado, viéndote esperándome, repase nuestras aventuras. En montes, en hogares, en calles. Todo lo hicimos juntos, y me prometiste que siempre sería así. No has roto tal promesa, me creaste para pelear. Y siempre estarás conmigo. Aquel Dios que me engreía, es el mismo que me reta. Aquel Dios que me sanó, es el mismo que me esfuerza. Aquel Dios que me entrenaba, es el mismo que me manda a la guerra. Aquel Dios que me salvó la vida, quiere que renuncie a ella y viva en Él.

Ya no me importa nada...
Acaso si resbalo al precipicio, ¿tu Mano no estará esperándome abajo? Acaso si mis enemigos se juntan contra mí, ¿tu Voz no los hará temblar de terror? Acaso si caigo enfermo, muerto en vida, ¿tu Sangre no podrá vencer cualquier iniquidad? Acaso si ataco a otras huestes en Tu nombre, ¿tu Espíritu no me dará la victoria? Acaso si en uno de mis intentos caigo y muero, ¿tu Eternidad no me hará el ser más feliz de la tierra?

"Pagaré lo que prometí... (Jonás 2:9)"

El pajarillo hoy a despertado, es un día radiante. Se asea y acicala. Corre de frente a su Padre, lo abraza, lo besa. Confío en Ti. Y antes de que cayera la primera lágrima, levanta la mirada hacia el azul firmamento, toma vuelo, corre aproximándose a la orilla de la rama y salta...

"Reedificarás las ruinas antiguas, levantarás los lugares devastados de antaño, y restaurarás las ciudades arruinadas, los escombros de muchas generaciones (Isaías 61:4)".

lunes, 21 de enero de 2008

Enamorado(a) para siempre... (parte 1)

boomp3.com

Hasta hace muy poco hubo un encuentro en mi iglesia, el tema: El Avivamiento en la Vida del Líder. Para empezar, no me sentía líder como para asistir al evento, entonces, con una falaz indiferencia quise dejarlo pasar hasta que me llamó mi gran amiga Cessia, quien es un apoyo cardinal en mi perseverancia en la iglesia, y me dijo que tenía una invitación para mí. Le dije que no me consideraba un líder, ella me respondió (conociéndola, sin ánimos zalameros sino sabios) que Dios sí me consideraba uno. De pronto, sentí en mi corazón que Dios quería que esté ahí. Trajeron la invitación hasta mi puerta y, pues, al día siguiente, mi mamá (quien sí apoya en la iglesia) y yo, nos encaminamos a la casa de Dios. Las tres noches fueron una bendición total. Luego del encuentro, vimos claramente, la iglesia, un despertar, que no es parte del proceso en la vida de un cristiano, sino la esencia del proceso: Jesús, quien ya escribió la mejor novela biográfica acerca de la vida de cada uno de ustedes, y la guarda en el escaparate más precioso que existe: Su corazón.

“Dios nos escogió en Cristo desde antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos y sin defecto en su presencia. Por su amor, nos había destinado a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, hacia el cual nos ordenó, según la determinación bondadosa de su voluntad (Efesios 1:4-5)”.

De manera inmediata, repase el capítulo fundamental que marcó tu vida como creyente. El día en que, simplemente, el más grande milagro ocurrió; el día en que le arrancaste una sonrisa a Dios porque decidiste ver Su reino (Juan 3:3); el día en que tú le dijiste sí a Jesús. O, por otro lado (recordando el trato que Dios tuvo conmigo), trae a la memoria el día en que estuviste dispuesto a dejarle llevarte de la mano de vuelta al rebaño. Recuerda el día en que fuiste salvo. Imagino que algunos habrán dibujado un retozo en su rostro, pues fue un gran día ¿no?; otros, quizás, conscientes de haber olvidado aquel día, hayan sido estremecidos en su corazón y motivados a buscar de Dios; alguna oveja extraviada, de pronto, sienta una nostalgia que quiere evitar, aun conociendo la verdad; en mi caso, al recordarlo, simplemente tuve que llorar tristemente. Ahora les explico el porqué. El pastor nos incitó, peligrosamente, a sopesar nuestro corazón sediento en aquel día de salvación, y los hermosos días que le siguieron, con nuestra vida de cristianos actualmente. Vaya comparación, eh.

“Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte (2 Corintios 7:10)”.

La salvación está intacta, nadie te la puede arrebatar (Juan 5:24). Pero no todo termina ahí. El ser cristiano es un proceso inacabable, en el cual Dios es dueño del mismo. El no puede renovar su amor para nosotros porque Su amor es eterno y perfecto (Romanos 8:38,39). No obstante, nosotros sí podemos hacerlo. Quizás muchos no nos hemos dado cuenta de cuánto hemos dejado de tener hambre por Él, hambre de Su presencia. Quizás nos olvidamos de vivir la historia de cierto carpintero que murió de la peor manera por nosotros y lo grabamos en la mente como algo histórico que se pierde en los anaqueles antiguos; cierto, sabemos que fue real, pero fue un suceso más, es decir, ya murió por mí ¿no? Quizás hemos permitido una insensibilidad a las prédicas en las iglesias porque el tema siempre es el mismo: Jesús, Jesús y más Jesús. “Porque de tal manera amó Dios al mundo... bla bla bla” El Juan 3:16 parece tan trillado, y su significado no es más que una sombra de palabrería que alguna vez significó algo y salvó tu vida. Todos, síntomas del descuido de dejar el primer amor.

“Dice Jehová: Tengo contra ti, que has dejado tu primer amor (Apocalipsis 2:4)”.

Cuando regresé a los brazos de mi Dios, sentí la sensación más exquisita e inexplicable que he sentido en toda mi vida. Todo lo que existía, cada paso que daba, recuerdo, era por Él, cual zagal adolescente que logra conquistar a la chica de sus sueños y hace hasta lo imposible por verla sonreír. La vida no podía ser menos que perfecta. Conocía del primer amor, pero en ese momento no me percataba de su existencia. Un hermano me dijo que yo estaba viviendo el primer amor, y por eso mi increíble alborozo. Sinceramente, creí que ese amor jamás se acabaría, que lo intenso de mis días duraría hasta mi muerte. Cada día que pasa el Señor perfecciona su obra en nosotros (Filipenses 1:6), de eso no hay duda. Pero, hay que interrogarnos, cuánto estamos mostrando esa pasión por Él como aquel día en que lo conocimos. Con cuánta intensidad estamos tratando de darle lo que Él se merece. Con ‘dejar el primer amor’, no estoy hablando de ser víctimas de una emoción pasajera o, en términos platónicos, de una tonta ilusión amorosa. No estoy poniendo en duda la salvación. Hablo de regresar a aquel manantial del que bebimos por primera vez, del primer abrazo paternal que recibimos, de la delicadeza al hablar del ser que más amas a otras personas, de la primera velada que tuviste a solas con él. Aquel espacio santo que renace sólo en testimonios que evocan cierto día algo que fue real.

“¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? (Mateo 26:40)”.

Quizás no “andes en pecado” como los adúlteros o los hipócritas (Romanos 3:10). Haz renunciado a muchas cosas por Él, y te sientes bien por no ser malo como los del mundo (Lucas 18,11). Probablemente ores todos los días, pero tus versos son largos discursos o frases que has ido memorizando de algún hermano y has ido complementado con el de algún otro, nada nuevo, nada original, ‘lo que te pedí ayer, lo mismo, nomás Señor’ (Mateo 6:7). Vas a la iglesia fielmente todos los domingos, pues se hizo una costumbre saludar a la congregación quien te devuelve una sonrisa de aprobación por tu asistencia. Es posible que en tu colección de discos se encuentre el último single de Jesús Adrián Romero, o Hillsong para los más jóvenes, pero las melodías ya no te conmueven como antes. Los cuadros en tu casa hacen notar tu devoción con el Salmo 23, o el 27, bien ubicado para que toda visita sepa que eres un cristiano. Felicidades, hermano, has logrado obtener el título de religioso. Vistes todo lo que es necesario para ser llamado un cristiano. La fachada te queda perfecta. Pronto te das cuenta de que nada te llena, que haz llegado al hastío espiritual. La fe ya no es lo que solía ser antes, se va deteriorando en un proceso muy sutil y, a veces, invisible. Tu fachada de cristiano está intacta, pero tu alma no encuentra esa sonrisa que tuviste el día de tu salvación. Yo le pregunté a Dios, ¿Qué pasó con el Carlos que no dormía si no habitaba en Tu templo y te adoraba sin importarle el reloj? Y… ¿Qué pasó contigo?

(continuará)

domingo, 6 de enero de 2008

El año que se va...

boomp3.com

Saludos a todos por el año nuevo. Quizás sea tarde para conmemorar dicho tema, pero esta semana estuvo súper agitada, por lo que no pude dedicar tiempo a actualizar el blog. Menos mal que agitada para gloria y honra de Dios, quien en Su infinita sabiduría me ha mostrado nuevos rumbos y compromisos para afianzar mi vida espiritual conforme a Su propósito. Ahora, respetando tradiciones (acaso burdas, pero a veces necesarias), por el nuevo año que se viene, quiero informarles lo que vendrá a contener el blog estos días, quizás ubicándolos un poco, aunque tampoco sistematizando, pues la temática acá es Jesús en su compleja pero deliciosa magnitud. Tampoco puedo pretender cierta ilusión, como sería un público asiduo lector de Jesus-apuymi, pero estoy informado que un par de personas, amigos en realidad (que, quién sabe, lo leen para no hacerme sentir mal), lo hacen. Entonces, mi motivación son ellos (mi prójimo, que son todos) y, por supuesto, mi Jesús. Además, no me engaño pues cuento con un contador de visitas que se encarga de desilusionarme por completo. Este no es un afán patético que busca su compasión, sino uno que intenta amenizar el momento. = )

Bueno, gente, primero aclararé algunas dudas con respecto a la web, que puede asaltar interrogantes en ustedes, puesto que algunas me han sido informadas. En primer lugar, jesus apuymi, es una expresión gramatical en quechua (lengua que, como algunos de ustedes saben, me fascina por tener un interesante armazón sintáctico, sin desdeñar nuestro pasado histórico y la rica cultura que lo utilizó), que significa Jesús es mi Dios. Por otro lado, el logotipo que hace ver las letras WWJD? son las siglas de la frase en inglés What would Jesus do?, o sea, ¿qué haría Jesús?, me parece idóneo hacerse esa pregunta en cualquier situación. Ahora, quizás no lo notaron pero intenté graficar en una serie (titulada 'JC') los últimos días de nuestro Maestro en la tierra como hombre y Dios. Me falta culminarla, pero pueden ubicar las partes anteriores en los siguientes links, parte 1, parte 2, y parte 3. Posteriormente, estaré escribiendo ciertas pautas para convertir a Cristo en un modo de vida. Dichas claves son inspiradas de un pequeño libro que recomiendo, sobre todo a los que están empezando la preciosa odisea interminable de seguir a Jesús, "No seas un dinosaurio", de un gran siervo de Dios, Lucas Leys (aquí su blog). Estaré linkeando blogs, artículos, todo recurso de la web que encuentre interesante para que puedan visitarlo. Pediría también paciencia para esperar que carguen las canciones que pongo, pues son pensadas y, espero, precisas para lo que intento comunicar en las entradas. Todo recurso que ayude y complemente el cumplimiento de la gran comisión, bienvenido.

"No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta (Romanos 12:2)".

Reconociendo que la gracia del Señor nos ha mantenido hasta ahora con vida y plenitud, espero su apoyo. Recuerden que el gozo no se agota. Y me agrada ver a mis hermanos crecer, así como siento que a ellos les agrada mi crecimiento. Por eso espero su colaboración, cualquier comentario, sugerencia, queja, maltrato verbal será agradecidamente atendido. Así como sus testimonios que tanto bendicen al pueblo de Dios. Los invito, este año y siempre, a vivir de la más grande aventura: ser un hijo de Dios. No tiene por que limitarse ni ser aburrido este tipo de vida. Hagamos un compromiso de integridad para con nuestro Dios. Adorémosle, no sólo con palabras ni cantos, sino con nuestras acciones. Sirvámosle y démosle gloria al que vive y reina por siempre. Decidámonos a amarle más cada día. Jesús es vida. Juntos, hermanos, convirtámoslo en un modo de vida.

"Jesús dijo: Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia (Juan 10:10)".

Saminchanakuna. (Bendiciones.)

lunes, 24 de diciembre de 2007

Feliz nacimiento, Emmanuel

boomp3.com

Me encontraba de camino a casa. Ya era tarde, la gripe pudo empeorar si no fuera por el anís que tomé antes de llegar. De pronto, en calles usualmente oscuras puedo ver un espectáculo de luces ubicuas rodeándome. Dorados, colores entre verde y rojo, algunas colocadas cadenciosamente (en escaleras, por ejemplo) y otras, con el mismo afán pero con menos presupuesto imagino, humildemente figurando un trineo o una estrella en alguna mampara o ventana. De pronto, uno que otro estallido provocado por los felices niños que disfrutan tanto sus palomilladas antes de la noche buena, pues ésta indica, recién, el inicio estruendoso de los cohetones, misiles y luces de bengala. Un personaje extraño en todo el año, pero familiar por estos días adorna fachadas y bazares con su copiosa barba y peculiar traje rojiblanco que bien podría pasar por un atuendo peruano. Recuerdo haber visto a uno trepando una pared con un gran saco en la espalda; imagino que la familia de dicha casa no temía la irrupción de aquel hombre.

Se hornean pavos, hacen notar orgullosas ciertas panaderías. La caseta del vigilante del barrio curiosamente adornada por alguna vecina empalagosa que no solo mantiene, sino contagia el “espíritu navideño” al que se le cruce. Señores de rostro hosco, como nunca sonríen por la popular “grati” que reciben porque la fecha lo amerita. Centros comerciales repletos. Edificios de panetones. Policías de transito alienados con un sombrero papanoelesco. Villancicos resuenan en casa de los vecinos más “antiguos” de la cuadra. Uno que otro nostálgico. Cadenas navideñas en los correos. Y, bueno, un sujeto que escribe en un blog porque algo más que una festividad lo motiva a hacerlo.

Hace más de dos mil años (e, incluso, mucho menos), no existían tantas representaciones para un evento, lamentablemente, tan comercializado como ahora. Ni era, para nada, tan esperado. Es más, imagino que ese día, el nacimiento de un niño que representamos un 25 de diciembre, la mayoría holgazaneaba o luchaba para pagar los impuestos a un imperio que dominaba al pueblo de Dios. Sólo hubieron pequeños rumores entre la gente que esperaba a un Mesías. Pero eran rumores lejanísimos, puesto que, cómo iba a nacer el Salvador del universo en tiempos tan trágicos como los del dominio romano. En una Jerusalén libre, en un esplendoroso castillo habría de nacer dicho Rey. Nadie imaginaba que justo hace nueve meses, el Espíritu de Dios descendía del cielo en una muchachita y le haría concebir a uno a quien llamaría JESÚS, que significa Salvador.

“Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre EMMANUEL (Isaías 7:14)”.

Emmanuel, es Dios con nosotros. Finalmente, Dios mismo descendía de lo alto para caminar entre nosotros. Su historia celestial se interrumpió por amor. El Rey de reyes nació en el lugar menos imaginado –por no decir, menos merecido- y nos mostró humildad desde el inicio. Los ángeles, desde lo alto, cantaron alabanzas y se regocijaron en Dios, pues este mostraba Su incomprensible amor hacia la humanidad en un pequeño pesebre. En el tiempo menos pensado, nació Jesús. En un día que hoy llamamos navidad, nació Dios.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14)”.

Santo, Santo, Santo Dios.
Gracias por enviar un día como hoy a Jesucristo.
El más precioso de los hombres que cambió el rumbo del mundo.
Hosanna, al cordero de Dios que vence al mundo y destruye las tinieblas.
Nombre sobre todo nombre, brazos eternos, precioso Jesús.
Este día es para ti y para nadie más. Tú que mereces todo y que das todo.
Poderoso Señor, así como esperamos tu venida, recordamos tu nacimiento que nos dio vida.

Los quiero mucho a todos. Recordemos a Jesús. Si bien es un tiempo de amistad, unión y amor, en esta fecha reflexionemos y agradezcamos a Dios por todas las bendiciones que derrama todos los días sobre nuestras vidas. Por supuesto, no solo hoy, sino siempre. Jesús vive, y vive en nosotros. Celebremos, pues, el nacimiento de Emmanuel. Feliz navidad.

*Versión en castellano de la canción en YouTube.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Fortaleza

boomp3.com

Un encuentro con el Dios vivo es lo más maravilloso que existe. Crea en nosotros un gozo perfecto, verdadera paz, absoluta dependencia, seguridad, etc. y uno de los efectos más asombrosos, sobre todo si se está empezando a conocer de manera directa a Dios a través de la guía de Su Espíritu, es el cuidado y cariño insuperable de un Padre hacia su hijo favorito.

"Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios (1 Juan 3:1)".

Me parece que depende de uno creerse estas palabras; es decir, hermanos, si hemos recibido la adopción, por medio de Jesús, de hijos, pues por qué no aprovecharla. Sabemos que vivir en Cristo es por la fe. Entonces, hijo de Dios, cree, levántate y pelea. Dios es un Dios de Amor (1 Juan 4:10), la biblia lo repite muchas veces, además, una conexión genuina con Dios es una constante y eterna (de parte de Él) muestra de amor hacia nosotros, sus hijos. Dios es un Dios de iniciativas. Él viene hacia nosotros siempre que estemos dispuestos a recibir Su abrazo. Por lo menos, así es como me siento desde que me reencontré con mi Señor.

"No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo (Isaías 41:10)".

Los brazos del Señor son eternos, nosotros no; lamentablemente, le fallamos. Cuando mi decisión tomó forma de palabras, puedo recordar qué le dije al Señor: No importa lo que suceda, no voy a volver atrás. Resulta posible esa clase de promesa. No pecar resulta, simplemente, imposible. Pues no hay justo en la tierra. A la par, pude percibir que Dios sonreía y me decía: Esa promesa es mía. Yo te ayudaré. Jamás has estado solo y jamás lo estarás (Josue 1:9). Mi vivir en Cristo resultó muy difícil para entonces. Es decir, tanto tiempo alejado de Él causa una suerte de rutina. Una rutina de pecado. Pero esta vez, Dios mismo hizo el cambio. Y me lo confirma todos los días. Además, como me dijo amorosamente un gran amigo, por teléfono, al notarme apocado, mayor es el que está en ti, que el que está en el mundo. Y pues, definitivamente, en nuestras fuerzas poco o nada podemos hacer. Realmente, resulta absurdo intentarlo cuando la obra ya fue hecha en la cruz del calvario por Jesucristo, nuestro salvador. Todo se puede en Él.

"Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Filipenses 4:13)".

Y esa bendita palabra: Fortaleza, crea en nosotros esperanza y victoria. En tiempos de pruebas, para animarme y restaurarme (la palabra de Dios tiene el poder para hacerlo) suelo recurrir a un salmo que, hasta ahora, considero favorito, en donde David, con hermosos versos, declara el poder, la majestuosidad, la fortaleza de Dios para con su vida. Es totalmente precioso encontrarte con el León rugiente que pelea tus batallas y, al mismo tiempo, con el Padre amoroso que te abraza delicadamente, en el salmo 27. Añadiré algunos versos que competen a lo que quiero expresar ahora, pues el Salmo, desmembrado, es todo un universo de promesas para los fieles en Jehová. Decláralo, el Señor está pendiente de ti.

(Salmos 27:1)
Jehová es mi luz y mi salvación;
¿de quién temeré?
Jehová es la fortaleza de mi vida;
¿de quién he de atemorizarme?

(Salmos 27:3)
Aunque un ejército acampe contra mí.
No temerá mi corazón;
aunque contra mí se levante guerra,
yo estaré confiado.

Si he logrado sobrevivir, en realidad por primera vez vivir, en esta lucha constante ha sido por Jehová, mi Dios. Gracias, Papá, por fortalecerme.

jueves, 13 de diciembre de 2007

JC: Vida y libertad (parte 3)

boomp3.com

‘¿Qué sucede?, ¿qué ha pasado?’, preguntaban los que habían presenciado el último hálito de vida del ahora muerto. Juan, al pie de la cruz, levantó la mirada con un fruncimiento de dolor y enrojecidos párpados. ‘Mi Jesús, mi amado’, se sentía libre, no sabía de qué, se sentía ligero, no sabía por qué. El mundo entero sintió que se le había arrebatado algo profundamente arraigado en su ser. Un soldado romano afirmaba el poderío del encaramado rey brutalmente golpeado, paradójicamente recién al verlo muerto en lo alto de la cruz.

“Como se asombraron de ti muchos, de tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres, así asombrará él a muchas naciones; los reyes cerrarán ante él la boca, porque verán lo que nunca les fue contado, y entenderán lo que jamás habían oído (Isaías 52:14,15)”.

La multitud atemorizada solo podía golpearse amargamente el pecho y sacudirse los vestidos asqueados de la peor alevosía cometida. El cielo zozobrante y lóbrego aumentaba el temor. Los suelos estentóreos y temblorosos confundían pisadas entre la gente. Rocas gigantes quebradas. Vacío. Dolor. En algún lugar recóndito, se desataba una terrible batalla de salvación. Mientras, en el desértico ribazo, agua y sangre chorreaba de un costado del cuerpo del Maestro, provocado por una filuda lanza. Una bendita figura, un verso sublime, una metáfora de libertad. Muerto Jesús, el velo que cubre el tabernáculo de Jehová desde los tiempos de Moisés (Éxodo 26:31-33), en donde sólo podía entrar el sumo sacerdote en representación del pueblo y disfrutar en acciones de gracias la presencia de Dios, se rasgó en dos, de arriba abajo (Mateo 27:51). La prueba de amor sucedió cuando, Jesucristo, hecho hombre, padeció de tentaciones como nosotros, se humilló como siervo y entregó su vida en una cruz para perdonar nuestros pecados y salvarnos de la condenación, además de darnos entrada al trono del Padre con entera libertad.

“…no tenemos sumo sacerdote [Jesús] que no pueda compadecerse de nuestras debilidades… Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (Hebreos 4:15,16)”.

Juan no entendía la mezcla de sentimientos en su mente. Por un lado, quería -sin éxito- odiar a quienes permitieron la muerte de su amado; por el otro, sentía paz, restauración, salvación y amor. Aunque sus ojos miraban un cadáver, su corazón se sentía más vivo que nunca. Jesús, le había dicho que nadie podía quitarle la vida, sino que Él la ponía y tenía poder para volverla a tomar (Juan 10:17). En su humanidad, aún no asimilaba estos versos, pero la esperanza se hacía real por primera vez en su vida. Un augusto varón de Arimatea, miembro del concilio, quien esperaba el reino de Dios, con cierta injerencia fue hacia Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, quien sorprendido por la rauda muerte del condenado, le concedió su pedido. Un hombre que aprendió a nacer de nuevo (Juan 3), Nicodemo, llegó con aromáticos y excelsos perfumes. Estando el lienzo ya embalsamado, José de Arimatea y Nicodemo, pudieron ver muy acongojados, mientras envolvían a Jesús con la sábana, las enormes llagas en su maltrecho cuerpo.

“… y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2:8)”.

Mientras los hombres, seguidos de un grupo de mujeres, iban camino al sepulcro, donde pondrían el cuerpo de Jesús, María, a quien le fue encomendado concebirlo, siguiendo el paso, cavilaba en su mente, tenía la certeza de que Él era el Salvador de la humanidad. Sabía que era el Hijo de Dios, el único redentor, sabía que Jesús era Dios. Pudo entender el propósito de Dios en ella: criar a Su Hijo. Quería alegrarse por ello, pero los mordaces llantos de las mujeres que le acompañaban lo impedían. Elevó una oración al Padre, ‘Jesús, Tu Hijo, tiene un propósito que aún no logro ver. A pesar del inmenso dolor, así como diste Tu bendición para mi vida, espero Tu bendición para el mundo entero. No tengo plenitud por haber amamantado a Tu Hijo, sino por haber oído Tu palabra que es la verdad (Lucas 11:27,28)’.

“Dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá (Juan 11:25)”.

El terrible dolor sobrepasaba los cielos. Los discípulos no podían dar la cara. Las fieles mujeres, mantenían su empeño, hasta el fin, acompañando al Maestro. Sufrientes. Pusieron el cuerpo de Jesús en un sepulcro cercano, pues se acercaba la pascua y debían prepararla. José de Arimatea, hizo rodar una inmensa piedra para tapar el sepulcro y partió. Maria Magdalena y la otra María, se quedaron, esperando, frente al sepulcro. Al siguiente día, ni el temor ni las señales pudieron menguar las acciones de los fariseos, quienes convencidos de haber dado muerte a un embustero, fueron hacia Pilato y le pidieron sellar la piedra y asegurar el sepulcro con un guardia pues aseguraban que las palabras del muerto, ‘Después de tres días resucitaré (Mateo 16:21)’, serían usados por sus discípulos –que robarían el cuerpo– para engañar a más gente. Pilato asintió. Dios Padre, al ver la magnitud de la obra y la obediencia se dijo nuevamente, orgulloso: Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia.

“Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES (Apocalipsis 19:16)”.

Pasados los días de la pascua, el primer día de la semana, María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé fueron con especias aromáticas para ungir el cuerpo de Jesús. Al ver la piedra removida aunque temieron, imaginaron que algún discípulo se había adelantado. Se acercaron a la pesada piedra. Una de ellas dejó caer el frasco que contenía los perfumes. María Magdalena temblaba. Tantas lágrimas derramadas impedían llorar en ese instante. Rabí, ¿donde estás? Un halo cegador brilló intensamente en la oscura cueva…

domingo, 2 de diciembre de 2007

Si aún te quiero

boomp3.com

Hoy tus ojos me preguntan si aún te quiero,
si aún te quiero.
Sólo te importa saber si a estas alturas aún te quiero,
si aún te quiero.

Ya me lo advertiste,
que no me fiara de mi propio corazón,
que mi brazo es débil,
y que el alma no suele tener razón.
Y hoy estoy aquí, lamento haber fallado,
no sé cómo no lo vi venir,
No sé cómo te llegué a negar anoche,
y aunque en tus ojos no había reproche,
ya no puedo ni mirarte,
se me ha roto el corazón,
mi alma sólo siente frío y temor.

Y has venido a preguntarme si aún te quiero,
si aún te quiero, si aún te quiero.
Sólo te importa saber si a estas alturas aún te quiero
si aún te quiero, si aún te quiero.

Yo no te merezco,
no soy digno de tu sacrificio ni tu amor,
y aún así derramas
en la cruz tu sangre consiguiendo mi perdón.
Yo no puedo hablar, te veo en el madero,
se oscurece el cielo sobre mi,
y a la vez está naciendo un nuevo amanecer,
que nunca podré explicar ni comprender,
soy culpable de tu herida,
mi castigo es sobre Ti,
yo me alejo, mientras Tu mueres por mi

Y has venido a preguntarme si aun te quiero...

miércoles, 21 de noviembre de 2007

He decidido seguir a Cristo



boomp3.com

Meditando, recordando mi vida pasada, cómo fui destrozando mi cuerpo, mi alma, mi espíritu. Cómo negué mil veces a mi Señor. Pude rescatar que a Dios, mi Padre, no le importó nada de eso, siguió amándome igual. Pero se entristecía mucho al ver a su ovejita lejos del rebaño. El Señor me preguntaba, ¿cuándo te pedí sacrificios en vez de devoción? ¿Acaso mi abrazo ya no te llena? Lejos de Él, de Su calor seguí mi camino, paseando en provincias lejanas.

“Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle (Lucas 15:14)”.

Sucedía que mi vida me importaba muy poco. Me sentía herido, lastimado, despreciado. Formé muchas capas en mi vida, mi corazón se endureció. Hice lo que le prometí no hacer nunca. Así mismo, lastimé a mucha gente con “mecanismos de defensa”. Ese hartazgo sucede cuando el Señor te dice: Ya es hora. Ya te tragó el pez. Y no quiero que tú, mi hijo, comas de la comida de los cerdos. Dentro del pez, de la ansiedad, llamó a mi puerta y todo cambió. Y con esa palabra, “cambio”, me refiero a que ya no existe Carlos Sánchez, ahora pertenezco al Señor.

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo, más vive Cristo en mí… (Gálatas 2:20)”.

Hasta hace poco, reflexionaba, ¿cuánto en realidad he cambiado? Sentí que en nada. Que seguía siendo el mismo. Pero ahora era feliz. Tenía esperanza. Tenía confianza. Y por supuesto… tenía mucho que restaurar. Mucho que sanar. El Señor tiene harta chamba para moldearme. Pero hay que seguirle con gozo. “No rechaces, hijo mío, la corrección del Señor, ni te disgustes por sus reprensiones; porque el Señor corrige a quien él ama, como un padre corrige a su hijo favorito (Proverbios 3:11,12)”. Quiero que sepan que no soy el mismo. Mis decisiones pasadas ya no son las mismas. Mis acciones pasadas tampoco. La obediencia, el vivir en Cristo es consecuencia de Su amor y de Su gracia. Por eso estamos locos. Porque por amor a Jesús, no hacemos cosas que el mundo hace. Ciertamente, nosotros no andamos en perfección, pero Su gracia nos restaura y nos purifica. Por Cristo lo intentamos.

"Siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; mas los impíos caerán en el mal" (Proverbios 24:16)

El pasado se convierte en nada con Cristo. Él nos perdona y nos ama. Recordemos el pasado sólo como testimonio para Su gloria, no vivamos en el. Creo que el cambio se logró gracias a la decisión más importante que he tomado en mi vida, seguir a Cristo. Es mi estandarte, es mi decisión. Recordé un antiguo himno que solíamos cantar en la iglesia cuando era muy pequeño. Fue como agua fresca para mi vida el volver a escucharlo. Es tan sencillo como sustancial:


He decidido seguir a Cristo,
La vida vieja la he dejado,
El rey de gloria me ha transformado,
No vuelo atrás, no vuelvo atrás.


Y se repite muchas veces. Así, repítele a tu Señor ese compromiso. Es una declaración de fe. Me conseguí la canción, pondré una moderna. Les invito a cantar la canción. Comprométete con el Salvador, vive Su vida. Atrévete. Sé valiente.

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame (Mateo 16:24)”.

sábado, 17 de noviembre de 2007

JC: Pasión y Gracia (parte 2)

boomp3.com

“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados (Isaías 53:5)”

Su mirada se pierde entre quienes lo prendieron, a veces, prefiere mantenerla baja y ver sus pies moverse obedientes. Recuerda la oración a Su Padre mientras camina sobre el ribazo, “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad (Juan 17:17)”. Las antorchas que lograba vislumbrar lo seguían a todos lados. Estaba todo muy borroso, unos alguaciles habían descargado acerados golpes en su rostro. Vivía la potestad de las tinieblas (Lucas 22:53) y la voluntad de su Padre (Lucas 22:42). Había empezado todo, desde hace mucho en realidad, pero ahora lo vivía en carne propia. A empujones, como si no fuera a cumplir la voluntad de Dios, lo llevaron los soldados a la casa del sumo sacerdote.

“Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo (Juan 6:51)”

Entre lujos incontables, maravillas, tesoros y prendas finas, costosas, fue recibido Jesús quien vestía una túnica desgastada. Él ansiaba la casa de su Padre, sabía que ningún templo tenía comparación con el palacio celestial, ninguna riqueza se comparaba a los tesoros eternos, ninguna casa sacerdotal se encontraba a la altura de su santa morada. En silencio, siguió caminando. Lo acercaron a Anás, suegro de Caifás, quien era sumo sacerdote y quien profetizó claramente que Jesús moriría por la nación: “…vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca (Juan 11:49-52)”. Era su propósito. No hubo circunstancias, sino la voluntad de Dios. Continuó un interrogatorio áspero e insidioso, en el que había connivencia contra el delincuente a juzgar. Tras crueles bofetadas, Jesús habló cuando le preguntaron ‘¿Eres tú el Cristo?’. Dijo la verdad, inocente, con el rostro cansado y los ojos amoratados pero siempre amorosos:

“Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo (Marcos 14:62)”.

Indignados. Un “vagabundo” se hacía llamar Hijo de Dios. Exasperados. Los sacerdotes, representantes de Dios, no lograban asimilar que el Rey a quien “servían” se encontraba frente a ellos. ‘¡Merece juicio este blasfemo!’ Callado, cumpliendo el deseo de su Padre, Jesús siguió oyendo las injurias. La oscuridad reinaba no sólo marchitando las nubes, sino el mundo también. Al amanecer sería llevado ante el gobernador Poncio Pilato. Atado, golpeado, esperó su condena en un silencio de amor. Al día siguiente, acusado de alborotador, en una pequeña plática en la cual, en su mayoría, permaneció callado, maravilló a Pilato con su sabiduría. El gobernador no halló falta en Él. ¿Eres tú rey?, preguntó. Jesús dijo:

“Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz (Juan 18:37)”.

‘Lo castigaré y lo soltaré’ (Lucas 23:16). Lacerado, destrozado tuvo que ser. Nuestras maldades lo azotaron. “Como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca (Isaías 53:7)”. Sufrió por causa de nosotros como jamás otro hombre ha sufrido en el mundo. Su sangre se convirtió en el alfombrado del lugar. Con una corona de espinas fue honrado, con fulminantes papirotazos fue amado, con insultos y escupitajos fue tratado. ¡Salve Rey de los judíos! Fue mostrado ante el indolente pueblo, que no conforme con la salvaje golpiza gritaba ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! Soltaron a un peligroso ladrón y homicida en vez de soltar a Jesús quien da la vida. Trémulo en dolores, lánguido en fuerzas, miraba al pueblo que iba a salvar queriendo matarlo. Yo los amo como mi Padre me ha amado (Juan 17:23), se decía a sí mismo.

“Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas (Juan 10:11)”.

La Calavera. ¡Terrible nombre para un lugar de gracia! Pilato secándose las manos, veía desde lo alto como era arrastrado Jesús a dicho lugar. Qué pudo hacer este hombre para ser escarnecido y maltratado de esta forma, pensó un Simón de Cirene quien cargaba la pesada cruz tratando de aliviar la carga del Maestro. El camino era interminable, insoportable, mortífero. Las personas podían seguir a Jesús a causa de las huellas de sangre que iba dejando en el camino. Y aunque, al levantar la mirada, podía distinguir a ciertas mujeres llorando por Él, eran escupitajos lo que más recibía. Agotado, pudo ver el lugar donde sería crucificado. La peor de las muertes. Miró al cielo. Esto es por ti, papá, y por ellos.

“En pago de mi amor me han sido adversarios; mas yo oraba (Salmos 109:4)”.

‘No, mi Señor’, suplicaba llorando un Juan, quien le había seguido hasta el fin. Sus extremidades derramaron hasta las últimas gotas de sangre. Clavos oxidados, muerte infame. Fue levantado y, desde lo alto de la cruz, temblando, miraba a quienes iba a salvar. Los amaba. ‘Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz’, le retaban. Puedo, pero no quiero. Vio a … (pon tu nombre) y se alegró. Lo hago por ti. Echaron a suerte sus vestidos, vio que otros dos peligrosos delincuentes se encontraban crucificados también. Uno de ellos le injurió. El otro, arrepentido, creyendo, le dijo: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Jesús, mirándolo amorosamente, contestó: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso (Lucas 23:43)”. Para eso moría, para la gracia. No tenía que cumplir un requisito, no necesitaba un purgatorio; el ladrón volvió a nacer mientras moría. Entró en la gracia del Señor. Agotado, hecho una llaga entera, los pecados del mundo fueron sobre Él. Lo miraban y no entendían. Consumado es. A gran voz, clamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lucas 23:46)”. Expiró.

“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)… (Efesios 2:4,5)”.

Juan lloraba, vio a su maestro derramar su sangre por la humanidad, aun no entendía pero se sintió de manera diferente. ¿Todo terminó? No, todo acaba de empezar. Recordó a Jesús en una de sus últimas charlas, recordó el mandamiento que le había dejado: “Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos (Juan 15:12,13)”. Gracias, amigo, se dijo. De pronto, todo oscureció…

jueves, 8 de noviembre de 2007

Nada importa...

Cuán difícil es ser embajador de Cristo. Lo sé, es fabuloso habitar en Su presencia. Su amor, Su perdón, Su gracia, Su espíritu… ahí debería terminar todo ¿no? Pero no es así. Los problemas vienen, las acusaciones zumban en nuestra mente, el pasado condena sin piedad, la vida simplemente es imperfecta.

“Como el ciervo brama por las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía (Salmos 42:1)”.

Es así como me sentía un día. Abandonado, condenado por el enemigo, muerto. Llegaba a la universidad, sin ánimos, huyendo de mi Señor, tenía miedo encararlo y decirle que lo amo. Perdóname, perdóname, mi corazón imploraba. Sentí Su voz decirme ‘búscame’. Tengo examen, más tarde, dije sollozando. El examen, gracias a Dios y lecturas madrugadoras, estuvo bueno. Salí antes de tiempo. Sentí en mi corazón hambre de mi Señor. Te quiero ver, papá.

“Porque Dios ha dicho: Nunca te dejaré, jamás te abandonaré (Hebreos 13:5)”.

Le creí. Recuerdo que una amiga me dijo que si ‘todo fuera fácil, estaríamos en el cielo’. Estuve mucho tiempo en tregua, con ciertas invasiones, pero todo controlable. Mis armas se oxidaban y yo seguía envuelto en el manto de la gracia. Tocaba batallar y me dio flojera (para variar). Me vi débil, desgastado. Abatido. Busqué un lugar propicio para encontrarme con mi Señor, pues mi corazón estallaba y no podía esperar a llegar a casa. ¡Qué difícil tarea encontrar un lugar a solas en la uni! Seguía buscando, era tarde, todos iban a casa a calentarse. Y no encontraba un lugar. Busqué en el último piso de Z, esta vez había un grupo de jóvenes fumando. Rayos.

‘¡No renuncié al mundo para esto! Te necesito y voy a buscarte, no importa cuánto me cueste’, dije confiando en mis palabras porque mi mente anhelaba mandar todo a volar y volver a mis andanzas supuestamente felices pero completamente vacías. Encontré un lugar. Me senté y con un frío asesino empecé a orar, a buscar a Dios. Me di cuenta de que lo que, en mi humanidad, planeo no está a la altura de los pensamientos de Dios. Que mis faltas no están a la altura de Su misericordia. Que mis problemas no están a la altura de Su gracia. Empecé a rogarle Su perdón y Su abrazo. El Señor me restauró, fueron minutos impresionantes. No les cuento todo pues es inefable y de hecho que muchos de ustedes lo saben. Reconocí que no soy nadie sin Él. Que Su fidelidad es lo mas encomiable en el mundo. Que nada importa… si no estamos con Él

Nada te podrá separar del amor de Cristo, tenlo por seguro. Recuerda la oración del Maestro para nosotros antes de Su muerte. Me ayudó (y ayuda) mucho en tiempos de aflicción. Jesús le dijo a Su padre:
“No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal (Juan 17:15)”

No somos del mundo, es nuestro campo de batalla. Y Jesús es el Rey por quien batallamos.

martes, 6 de noviembre de 2007

JC: Amor y obediencia (Parte I)

Todo era tan confuso. Su alma inquieta. Sentía que la Luz se apagaba y no podía desaprovecharla pues nunca lo había hecho. Nadie quería estar al lado del Maestro como Él. O si bien, todos querían estar a Su lado, Él luchaba con todas sus fuerzas por ser el primero. Nada había cambiado para entonces. Había visto el milagro de la vida, era salvo, creyó. Pero de sus entrañas algo se desarraigaba, se desmoronaba en vida. Le había escuchado mil veces hablar acerca de lo que sucedería. Esta tarde es muy diferente. Las palabras de su amado son distintas ahora, Su voz cambia, pero no Su firmeza. Y son tan hermosos esos pasajes que no quiere despertar. Espero recordarlas, dice. Tantos versos de vida hicieron que pareciese que estaba en el cielo. Me voy contigo, Maestro, titubeaba.

–Vuestra tristeza se convertirá en gozo… (Juan 16:20)

Quería llorar, no sabía por qué. Escuchaba ‘muerte’ y ‘vida’ meneándole ansiosamente los oídos. Maestro, ayúdame, suplicaba en la mente. Jesús le miraba con el amor desde que lo vio por primera vez y le dijo: Sígueme. Han sido los tres mejores años de mi vida, decía. Te amo, te amo, te amo. Sus hermanos estaban ansiosos también. Pero el amor abundaba en la febril habitación. Sentían todos que el milagro más grande estaba por ocurrir. Sabían que con el Maestro era todo posible. Juan, el amado, seguía inquieto. Todo lo que conocía, lo que había visto iba a cambiar de manera impresionante; el rumbo del mundo –si existía alguno- se vería desproporcionado con la magnitud del evento a producirse. De pronto, una estocada en su corazón le atravesó el alma. No quiero, no quiero. ¿Cómo puede ser?

-Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre. (Juan 16:28)

Escuchó a uno de sus hermanos decir que ahora sí entendía, que Jesús sabía todas las cosas. Ciertamente, él también entendía a su Maestro claramente. Tuvo muchas fuerzas. Aún así no quería desprenderse de su amado. No puede ser. He encontrado la vida y ahora se me va. Llegó la hora. Él sabía que nada se iba a comparar con el gran momento que toda la tierra atestiguaría. Lo que sucedería abriría sus ojos para siempre, y los de toda la humanidad. No tenía por qué extrañarle. Recordó, entonces, cuando Jesús les dijo: Os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer (Juan 15:15). Era su amigo. Vamos, era su mejor amigo. Quiero estar a tu lado siempre, Maestro, se volvía a repetir. Nuevamente recuerda, como fulminantes dardos de amor atravesándole la mente, cuando Jesús le dijo: Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor (Juan 15:10). Tenía la clave, entonces. Al parecer sus hermanos también lo entendieron a pesar de la bruma onerosa. Los discípulos, finalmente, recordaron a su amado cuando estando en la barca temieron, para luego estallar en felicidad y gozo al ver al ser más poderoso del mundo: Jesús. El Maestro concluyó:

-Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo (Juan 16:33).

‘¡Jesús! Ya te conocemos, confiamos en ti, Maestro’ Se pareció escuchar silenciosamente siseando en el aire. Jesús tuvo calma. “Los preparé, me toca a mí”…

jueves, 1 de noviembre de 2007

Testimonio: Pablo Olivares

Les invito a ser testigos del amor del Señor en la vida de sus hijos. La historia que aparece en estos dos videos (continuados) es la de un ex-metalero, quien hizo un pacto con el diablo y fue rescatado por la gracia del Señor Jesucristo. Disfruten de uno de los milagros del Señor.





Jesus dijo: "Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas (Juan 12:46)".

martes, 30 de octubre de 2007

The fellowship of the cross

Me parece oportuno agradecer a muchas personas que, estratégica y amorosamente, el Padre Celestial ha puesto en mi vida. Estoy seguro que Su amor se manifiesta en ellos de manera impresionante. En mi debilidad, en mis horas de lucha, en tribulaciones, lo sé, tengo al mejor aliado en el campo de batalla y peleo por Él y a Su lado. Siento a Jesús dando la estocada final al enemigo pues cargo la bandera carmesí que representa la victoria eterna de mi Señor en la cruz. Pero, a veces, cuando me siento peón o escudero, necesito de mis finos caballeros andantes (en realidad, siempre los encuentro ahí). Estos caballeros de élite, se transforman en el bastón que mi cuerpo y mi desgastada armadura necesitan. Dios me empuja a Su obra a través ellos.

Valientes. Amantes de la verdad. Ángeles del Señor. Así son mis amigos. Nobles en batalla, simples en abrazos y comprensión. Son los bandidos de sonrisas. En hambrunas los encuentro y en fiestas celestiales ahí están. Batallando en oraciones. Grandes danzantes del Señor. Saben que cuentan conmigo, aunque mi humilde ayuda se base en el empujoncito hacia Dios, así como me empujaron a mí. Bellos hermanos. Hijos de Dios. Cuando estoy con nuevas armaduras y armas que Dios forja en gracia saben que los puedo llevar de la mano. Los amo. Dios los cruzó en mi camino para amarlos. Aunque aritméticamente sean pocos, ellos me bastan para vencer al enemigo y sus millones de ingenuos atacantes.

Todos perfectos, todos glorificados en Jesús. Libres del mal, santificados en la verdad. Si hay algo de lo que puedo jactarme es de mis amigos. Tengo a los mejores. Me alegran el día con Palabra de Dios, con consuelo espiritual, con incansables oraciones, con sonrisas desinteresadas, con reprensiones, con miradas honestas, con su testimonio, con el hecho de que se acerquen a Dios. Me doy por ellos y ellos por mí. Nadie como ellos se tomaron en serio las palabras del Maestro: “Que os améis unos a otros, como yo [, Jesús,] os he amado (Juan 15:12)”. Disfruto de su compañía y camaradería. Confío en ellos y ellos en mí. La sinceridad es real en esa comunión. Y… en ocasiones, medito: ¡cuánto me aguantan éstos!

“Mejores son dos que uno: porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! … y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto (Eclesiastés 4:9-12)”.

Dios me abraza con su abrazo. Dios me habla con sus labios. Príncipes, luces andantes. Como un padre espiritual me acoge y abraza, como soporte y tréboles de amor me habla. Con luz de miradas, con paciencia y consistencia me busca los dulces domingos. Con el armamento barroco de una medieval guerrera espiritual me bendice con versos del Señor. Con el testimonio del amor divino, me ayuda a seguir corriendo. Con la pasión infantil y humildad me escucha hablar del Padre, y me apasiona más por Él. Bendición de Dios, cuando olvidé a mi Señor, mi tierno acompañante. Me pierdo nuevamente en los favores de mi Padre del cielo, esta vez al hablar de mis amigos. No hay temor en perderlos, porque primero pierdo yo antes que ellos. “El ungüento y el perfume alegran el corazón y el cordial consejo del amigo al hombre (Proverbios 27:9).”

Gracias mis benditos amigos, y mil gracias, Padre, por éstos. No duden en buscar al sirviente de Dios, los acogeré en gratitud y bondad, y, sobre todo, en el amor del Señor así como ustedes lo hacen. Los amo. Es hora de batallar, al parecer. Afilen armas, sigamos la victoria, mi ejército.

“Si los sirios pudieren más que yo, tú me ayudarás; y si los hijos de Amón pudieren más que tú, yo te daré ayuda. Esfuérzate y esforcémonos por nuestro pueblo, y por las ciudades de nuestro Dios; y haga Jehová lo que bien le pareciere (2 Samuel 10:11,12)”

jueves, 25 de octubre de 2007

Mi primer amor

Tan diáfano recuerdo no requiere esfuerzo, estábamos en quietud y en movimiento, en asombro y conocimiento, en amor y pasión. Si algo existía en esos momentos, era el amor del Dios mismo revelándose en la vida de cada uno de mis amigos. La meta, una sola: adorar a Jehová quien nos rescató de toda iniquidad. Ese era en sí, el fin de la célula de los “trebolinos”, aquella inseparable y empalagosa célula que no podía desprenderse de la mano del Señor.

Aquellos fueron tiempos de búsqueda a Dios tremendos. Jamás había sentido el amor del Señor tan de cerca. Diciéndome que me amaba, no porque era el “timoteo” de la célula, sino porque era Su hijo. Recuerdo también que si algo motivaba ese acento del evangelio era Jesús, Su acto de amor y Su ejemplo. Era la piedra fundamental de nuestras vidas. Sentíamos –los líderes y yo- que si hacíamos algo, era por Él. Sentíamos que todo era por amor a Jesús. Todo.

Descubrí orgullo en mí porque me dedicaba mucho a Dios, pero no encontraba recompensa, porque vivía esperándola. Eran tiempos difíciles, reconocía por momentos que algo estaba haciendo mal. Aún así seguía luchando, pero esta vez en mis fuerzas. Sentí cierta pseudo-espiritualidad creciendo en mí, a pesar de que con suavidad, escuchaba en las noches a Dios diciéndome: ¿A quién estás sirviendo, hijito mío?

Me engañé por mucho tiempo. Por un lado, sufría mucho pues tenía problemas bastante grandes que agobiaban mis días. Pero no los solucionaba y así, iba a hablar Su palabra. Debo reconocer que mis oraciones se extendían en largos discursos retóricos llenos de hermosos epítetos, incluso bíblicos pero ninguno desprendido desde el fondo de mi corazón; ninguna súplica de ayuda. No encontraba la paz, el gozo, la alegría que tenía de más pequeño y que tengo ahora por Su gracia. Me di cuenta que servía, a pesar de dedicarle todo a Él, a otro amo, a Carlos Sánchez.

Poco a poco fue desmoronándose mi vida espiritual, mi anhelo, mi pasión por Él. A la par la célula se disolvía, pues como todos, mis hermanos también tenían problemas. Seguía pidiéndole sanidad, restauración, pero mi oración no pasaba el techo de mi cuarto, bueno, así lo sentía. En todo este tiempo, no recordé que el me sostenía de Su mano y yo la apartaba pues creía que podía hacerlo solo. Olvidé estas palabras: "Se han consumido de tristeza mis ojos, mi alma también y mi cuerpo... Mas yo en ti confio, oh Jehová (Salmos 31:9,14)". El resultado: me alejé de Él

Esa fue mi idea, mi solución. 'Le dije, yo no puedo adorar a alguien que no es justo conmigo. Mi único anhelo era servirte, pero no veo ningún resultado.' Terminé el colegio, una vida nueva empezaba, una vida de satisfacción, de alegría, de solución o eso era lo que creía. 'Soy libre', jamás hubo frase más falaz en mis labios. Con mi alejamiento de Dios, "descubrí" muchas cosas, en un principio con el temor santo de su Espíritu advirtiendo, pero poco a poco se iba apagando. Sentía por momentos, que me decía: 'vuelve a mí, te sigo esperando'. Y era realmente incómodo, es decir, no podía “pecar a plenitud”. Si deseaba hacer algo que no le agradaba, simplemente no me salía. Pero seguía intentándolo y, en parte, a “medias”, lo lograba.

Jamás mi corazón se endureció tanto como en ese tiempo. Llegaba muy tarde a casa, de alguna fiesta o reunión y sentía al subir a mi cuarto una sensación realmente irritante. Algo que me decía ‘detente, pídeme, yo te escucho’. Yo cuestionaba: “No me sale nada. Pensé que tú querías que yo fuera feliz. Pero no me das nada. ¿Acaso éste era tu propósito en mi vida?”. La experiencia me sirvió para notar mi corazón confundido y obstinado, mi rebeldía, mi amor apagándose y mi debilidad. Así transcurrieron mis noches, Dios hablando, yo negando. Yo, con las mismas palabras: “Si vas a hacer algo, hazlo” y dormía intranquilo, con la serenidad a mil años luz de mí. Esa fue mi vida sin Él, vacía, triste, sola.

Luego de mi encuentro con Él, le pregunté mientras oraba, ¿Qué pasó, Señor mío? ¿Qué me ocurrió en ese entonces? ¿Por qué pretendí encontrar algo mejor que a ti? Y Él me respondió: “Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor (Apocalipsis 2:2-4)”.

Me quebré totalmente. Le di mi gratitud por haberme abierto los ojos. Y es que era cierto. Estaba trabajando por amor “de” Su nombre. Estaba dedicándole mi vida a un título que desconocía. “De” un nombre que conocía bien a quien pertenecía, pero era sólo eso. Olvidé que adorar a Jesús es hacerlo por amor “a” su nombre. Por amor a Su amor. Por amor al acto más precioso que hubo. Por amor a Él. Busqué dones, espiritualidad, etc. pero olvidé que si no fuera por Jesús no existiría nada de eso. Olvide mi primer amor, a Jesús, por quien supuestamente actuaba. Olvidé al amor de mi vida.

El Señor me sanó ese día, lloré mucho pues había desperdiciado mucho tiempo y, sobre todo, le había fallado, además mi vida era horrible. Me vi haciendo todo vistiendo un polo con un estampado que decía JESUS, cuando Él me decía: '¡Hijo, aquí estoy a tu lado!, si deseas hablar de mí, preséntamelos y yo me haré cargo'. Es verdad, servimos a una causa, pero la diferencia es que esta causa vive. Jamás sentí tan real a Jesús en mi vida. En esa encrucijada, las palabras que diferenciaron esa noche de las demás, fueron: “Si vas a hacer algo, hazlo; pero Señor, ahora sí estoy dispuesto a oírte, porque no puedo hacer nada sin tu ayuda”. Y me abrazó, me dijo, ovejita, ven a mí, “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano (Juan 10:27,28)”.

El me había dicho: “No te desampararé, ni te dejaré (Hebreos 13:5)” y yo lo había olvidado. Ahora no hay otro motivo de mi adoración que Él, Su perdón fue lo más grande que experimenté, Su gracia se volvió real en mi vida. Su amor es todo. Jesus es el primer amor. Jesús dijo: “Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor (Juan 12:26)”. Más adelante dice: “… porque separados de mí nada podéis hacer (Juan 15:5)”. Si Dios tiene un plan para ti, el pone el pie primero, no tú. Y con esa convicción y confianza hay victoria. En ocasiones veo desiertos y antes de desesperar, confío en Él, Él no defrauda.

Y es verdad, como me dijo un gran amigo y siervo de Dios cuando le preguntaba ¿cómo saber si lo hago (cualquier cosa) en mis fuerzas?: “Porque en tus fuerzas no dura”. Ahora he creado una dependencia con Él. No puedo nada solo. Esa voz, ese aliento no cesará nunca desde el día en que hemos creído. Estamos “condenados” a Su libertad. “Condenados” a Su amor. ¡Qué bonita condenación!

¡Regresa! “Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido en misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó… [mi amado] era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado (Lucas 15:20,32)”.

Planeta de Blogs Cristianos