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martes, 30 de octubre de 2007

The fellowship of the cross

Me parece oportuno agradecer a muchas personas que, estratégica y amorosamente, el Padre Celestial ha puesto en mi vida. Estoy seguro que Su amor se manifiesta en ellos de manera impresionante. En mi debilidad, en mis horas de lucha, en tribulaciones, lo sé, tengo al mejor aliado en el campo de batalla y peleo por Él y a Su lado. Siento a Jesús dando la estocada final al enemigo pues cargo la bandera carmesí que representa la victoria eterna de mi Señor en la cruz. Pero, a veces, cuando me siento peón o escudero, necesito de mis finos caballeros andantes (en realidad, siempre los encuentro ahí). Estos caballeros de élite, se transforman en el bastón que mi cuerpo y mi desgastada armadura necesitan. Dios me empuja a Su obra a través ellos.

Valientes. Amantes de la verdad. Ángeles del Señor. Así son mis amigos. Nobles en batalla, simples en abrazos y comprensión. Son los bandidos de sonrisas. En hambrunas los encuentro y en fiestas celestiales ahí están. Batallando en oraciones. Grandes danzantes del Señor. Saben que cuentan conmigo, aunque mi humilde ayuda se base en el empujoncito hacia Dios, así como me empujaron a mí. Bellos hermanos. Hijos de Dios. Cuando estoy con nuevas armaduras y armas que Dios forja en gracia saben que los puedo llevar de la mano. Los amo. Dios los cruzó en mi camino para amarlos. Aunque aritméticamente sean pocos, ellos me bastan para vencer al enemigo y sus millones de ingenuos atacantes.

Todos perfectos, todos glorificados en Jesús. Libres del mal, santificados en la verdad. Si hay algo de lo que puedo jactarme es de mis amigos. Tengo a los mejores. Me alegran el día con Palabra de Dios, con consuelo espiritual, con incansables oraciones, con sonrisas desinteresadas, con reprensiones, con miradas honestas, con su testimonio, con el hecho de que se acerquen a Dios. Me doy por ellos y ellos por mí. Nadie como ellos se tomaron en serio las palabras del Maestro: “Que os améis unos a otros, como yo [, Jesús,] os he amado (Juan 15:12)”. Disfruto de su compañía y camaradería. Confío en ellos y ellos en mí. La sinceridad es real en esa comunión. Y… en ocasiones, medito: ¡cuánto me aguantan éstos!

“Mejores son dos que uno: porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! … y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto (Eclesiastés 4:9-12)”.

Dios me abraza con su abrazo. Dios me habla con sus labios. Príncipes, luces andantes. Como un padre espiritual me acoge y abraza, como soporte y tréboles de amor me habla. Con luz de miradas, con paciencia y consistencia me busca los dulces domingos. Con el armamento barroco de una medieval guerrera espiritual me bendice con versos del Señor. Con el testimonio del amor divino, me ayuda a seguir corriendo. Con la pasión infantil y humildad me escucha hablar del Padre, y me apasiona más por Él. Bendición de Dios, cuando olvidé a mi Señor, mi tierno acompañante. Me pierdo nuevamente en los favores de mi Padre del cielo, esta vez al hablar de mis amigos. No hay temor en perderlos, porque primero pierdo yo antes que ellos. “El ungüento y el perfume alegran el corazón y el cordial consejo del amigo al hombre (Proverbios 27:9).”

Gracias mis benditos amigos, y mil gracias, Padre, por éstos. No duden en buscar al sirviente de Dios, los acogeré en gratitud y bondad, y, sobre todo, en el amor del Señor así como ustedes lo hacen. Los amo. Es hora de batallar, al parecer. Afilen armas, sigamos la victoria, mi ejército.

“Si los sirios pudieren más que yo, tú me ayudarás; y si los hijos de Amón pudieren más que tú, yo te daré ayuda. Esfuérzate y esforcémonos por nuestro pueblo, y por las ciudades de nuestro Dios; y haga Jehová lo que bien le pareciere (2 Samuel 10:11,12)”

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