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viernes, 22 de febrero de 2008

JC: Resurreción y Victoria (parte 4)

boomp3.com

Continuación de serie JC (1, 2, 3)

“Y por medio de Él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz (Colosenses 1:20)”.

Un ser de aspecto como un relámpago y su vestido como la nieve (Mateo 28:3) brillaba en el fúnebre recinto provocando terror a las fieles mujeres. Los guardias que cuidaban el sepulcro huyeron despavoridos al ver al sujeto. Sabían que nada andaba normal desde que ajusticiaron al inocente nazareno. ¡No teman! Un gozo complementaba el temor, esa luz de alguna manera señalaba una naciente esperanza que dos días atrás había sido clavada y sepultada en la oscura cueva sin intenciones de regresar. Mientras el ángel de Dios hablaba, María Magdalena, perdida en la mirada, liberaba el fruncimiento de su rostro, y completaba una triste sonrisa cuando escuchó las siguientes palabras: No está aquí, pues ha resucitado (Mateo 28:5). Fue cuando, consternada, recordó los insistentes anuncios de la muerte de su amado que, por aquellos tiempos, nadie lograba entender (Marcos 9:32) y, la mejor parte de todo, Su resurrección:

“…se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. Pues será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y afrentado, y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día resucitará (Lucas 18:31-33)”.

Resucitaron sus esperanzas. María Magdalena, y Juana, y la otra María fueron a ver a los discípulos inmersos en una profunda tristeza para contarles lo que habían visto. Éstos dudaron y tomaron como ofensa que las mujeres vayan a darles semejante noticia a corazones ya desesperanzados y abatidos. Locas, fueron llamadas (Lucas 24:11). Entre ellos, Pedro, como nunca débil y melancólico, sin el impulso ni la osadía que lo caracterizaba, se levantó. No tenía nada que perder, ya lo había perdido todo. Echo a correr, mientras que Juan, despedazado hasta el alma, recordaba cómo vio morir a su amado al pie de la cruz; habría dado lo que fuera por verlo nuevamente, abrazarlo y decirle cuánto lo amaba. Desesperado, sin saber qué creer, fue corriendo tras Pedro, y un amor inexplicable le aceleró los pies (Juan 20:4), y se adelantó. Llegaron, vieron los lienzos solos, creyeron y se maravillaron. Finalmente, volvieron con los demás.

“¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos? (Mateo 21:42)”

La cueva era aún victima de sollozos lastimeros. María Magdalena, contagiada de la ardiente pasión de los otros discípulos, quien había seguido a Jesús en todas sus empresas y le había servido con fervor (Lucas 8:2), lloraba de rodillas, sin consuelo. Su corazón latía confusamente cuando decidió mirar dentro del sepulcro. Escuchó una voz. Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Pensó que era el hortelano y le preguntó por el cuerpo. La voz se dulcificó y habló con autoridad. ¡María! En ese instante, sus ojos fueron abiertos y vio a Su Maestro. ¡Raboni! (Juan 20:16). Se acercó raudamente a besar sus pies cuando Jesús le dijo que no lo toque. Quería ver a Papá primero. Él estaba tan feliz, tan ansioso por ver la sonrisa poderosa de Su Padre porque, complaciente, le obedeció hasta Su último respiro en la tierra. Además iba a celebrar Su victoria pues con Su muerte no había perdido nada, sino había ganado la salvación de la humanidad (Juan 6:39).

“Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios (Juan 20:17)”.

Como nunca esa frase se tornó en una verdad eterna para quienes creen Su nombre. El enemigo y sus planes perversos se vieron reducidos y destruidos en la cruz. Ahora que Jesús compró la vida de todo ser humano con Su muerte, la conexión con el Padre sería perfecta. Fue la mayor victoria de todos los tiempos. Por entonces, dos hombres que estaban con los discípulos, salieron a Emaús, una aldea no muy cercana a Jerusalén, recordando lo acontecido con tristeza en los ojos, y cansancio de alma. De pronto, Jesús se acercó y caminó con ellos, pero éstos no veían quién era en verdad, pues tenían los ojos velados (Lucas 24:16). Ante la pregunta de Jesús, ellos comentaban cómo el pueblo había perdido a un profeta más, quien supuestamente había de redimir a Israel. Ante esto, Jesús, les explicó que era necesario que el siervo de Dios padeciera y entrara en su gloria (Lucas 24:26). Con sus labios, lleno de versos profundos y poderosos, declaraba las Escrituras y les explicaba las profecías. Cuando llegaron a su destino, y Jesús, quien aceptó la invitación que le hicieron para quedarse junto con ellos, bendijo el pan en la mesa, les fueron abiertos los ojos y le reconocieron. Antes de que alguna reacción desmesurada interrumpiera la cena, Jesús desapareció de su vista.

“Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras? (Lucas24:32)”.

Inmediatamente, ellos volvieron a Jerusalén, y vieron a los discípulos reunidos, y les dijeron todo lo que habían visto. Perplejos, los once se miraban entre sí. ¿Sería verdad? Las mujeres y estos dos dicen haberlo visto. ¿No nos enseñó el Maestro a creer? De pronto, Jesús se puso en medio de ellos. Paz a vosotros. Un silencio de terror, lágrimas sin destino, ojos quebrados. Estaba precioso y brillando. Hipnotizante como siempre. Jesús percibió su asombro, ¿por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? (Lucas 24:38). Juan temblaba cuando Jesús mostraba sus manos y sus pies que él había visto atravesados, rojos, desgarrados. Jesús sonreía al ver la inoperancia de sus hijitos, y para romper el hielo les preguntó: ¿Tenéis aquí algo de comer? (Lucas 24:41). Era Él. Siempre tan original, tan innovador, tan amoroso. La felicidad y el gozo jamás fueron tan intensos en todo el mundo como aquel día en ese cuartito pequeño. Jesús había resucitado.

jueves, 13 de diciembre de 2007

JC: Vida y libertad (parte 3)

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‘¿Qué sucede?, ¿qué ha pasado?’, preguntaban los que habían presenciado el último hálito de vida del ahora muerto. Juan, al pie de la cruz, levantó la mirada con un fruncimiento de dolor y enrojecidos párpados. ‘Mi Jesús, mi amado’, se sentía libre, no sabía de qué, se sentía ligero, no sabía por qué. El mundo entero sintió que se le había arrebatado algo profundamente arraigado en su ser. Un soldado romano afirmaba el poderío del encaramado rey brutalmente golpeado, paradójicamente recién al verlo muerto en lo alto de la cruz.

“Como se asombraron de ti muchos, de tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres, así asombrará él a muchas naciones; los reyes cerrarán ante él la boca, porque verán lo que nunca les fue contado, y entenderán lo que jamás habían oído (Isaías 52:14,15)”.

La multitud atemorizada solo podía golpearse amargamente el pecho y sacudirse los vestidos asqueados de la peor alevosía cometida. El cielo zozobrante y lóbrego aumentaba el temor. Los suelos estentóreos y temblorosos confundían pisadas entre la gente. Rocas gigantes quebradas. Vacío. Dolor. En algún lugar recóndito, se desataba una terrible batalla de salvación. Mientras, en el desértico ribazo, agua y sangre chorreaba de un costado del cuerpo del Maestro, provocado por una filuda lanza. Una bendita figura, un verso sublime, una metáfora de libertad. Muerto Jesús, el velo que cubre el tabernáculo de Jehová desde los tiempos de Moisés (Éxodo 26:31-33), en donde sólo podía entrar el sumo sacerdote en representación del pueblo y disfrutar en acciones de gracias la presencia de Dios, se rasgó en dos, de arriba abajo (Mateo 27:51). La prueba de amor sucedió cuando, Jesucristo, hecho hombre, padeció de tentaciones como nosotros, se humilló como siervo y entregó su vida en una cruz para perdonar nuestros pecados y salvarnos de la condenación, además de darnos entrada al trono del Padre con entera libertad.

“…no tenemos sumo sacerdote [Jesús] que no pueda compadecerse de nuestras debilidades… Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (Hebreos 4:15,16)”.

Juan no entendía la mezcla de sentimientos en su mente. Por un lado, quería -sin éxito- odiar a quienes permitieron la muerte de su amado; por el otro, sentía paz, restauración, salvación y amor. Aunque sus ojos miraban un cadáver, su corazón se sentía más vivo que nunca. Jesús, le había dicho que nadie podía quitarle la vida, sino que Él la ponía y tenía poder para volverla a tomar (Juan 10:17). En su humanidad, aún no asimilaba estos versos, pero la esperanza se hacía real por primera vez en su vida. Un augusto varón de Arimatea, miembro del concilio, quien esperaba el reino de Dios, con cierta injerencia fue hacia Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, quien sorprendido por la rauda muerte del condenado, le concedió su pedido. Un hombre que aprendió a nacer de nuevo (Juan 3), Nicodemo, llegó con aromáticos y excelsos perfumes. Estando el lienzo ya embalsamado, José de Arimatea y Nicodemo, pudieron ver muy acongojados, mientras envolvían a Jesús con la sábana, las enormes llagas en su maltrecho cuerpo.

“… y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2:8)”.

Mientras los hombres, seguidos de un grupo de mujeres, iban camino al sepulcro, donde pondrían el cuerpo de Jesús, María, a quien le fue encomendado concebirlo, siguiendo el paso, cavilaba en su mente, tenía la certeza de que Él era el Salvador de la humanidad. Sabía que era el Hijo de Dios, el único redentor, sabía que Jesús era Dios. Pudo entender el propósito de Dios en ella: criar a Su Hijo. Quería alegrarse por ello, pero los mordaces llantos de las mujeres que le acompañaban lo impedían. Elevó una oración al Padre, ‘Jesús, Tu Hijo, tiene un propósito que aún no logro ver. A pesar del inmenso dolor, así como diste Tu bendición para mi vida, espero Tu bendición para el mundo entero. No tengo plenitud por haber amamantado a Tu Hijo, sino por haber oído Tu palabra que es la verdad (Lucas 11:27,28)’.

“Dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá (Juan 11:25)”.

El terrible dolor sobrepasaba los cielos. Los discípulos no podían dar la cara. Las fieles mujeres, mantenían su empeño, hasta el fin, acompañando al Maestro. Sufrientes. Pusieron el cuerpo de Jesús en un sepulcro cercano, pues se acercaba la pascua y debían prepararla. José de Arimatea, hizo rodar una inmensa piedra para tapar el sepulcro y partió. Maria Magdalena y la otra María, se quedaron, esperando, frente al sepulcro. Al siguiente día, ni el temor ni las señales pudieron menguar las acciones de los fariseos, quienes convencidos de haber dado muerte a un embustero, fueron hacia Pilato y le pidieron sellar la piedra y asegurar el sepulcro con un guardia pues aseguraban que las palabras del muerto, ‘Después de tres días resucitaré (Mateo 16:21)’, serían usados por sus discípulos –que robarían el cuerpo– para engañar a más gente. Pilato asintió. Dios Padre, al ver la magnitud de la obra y la obediencia se dijo nuevamente, orgulloso: Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia.

“Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES (Apocalipsis 19:16)”.

Pasados los días de la pascua, el primer día de la semana, María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé fueron con especias aromáticas para ungir el cuerpo de Jesús. Al ver la piedra removida aunque temieron, imaginaron que algún discípulo se había adelantado. Se acercaron a la pesada piedra. Una de ellas dejó caer el frasco que contenía los perfumes. María Magdalena temblaba. Tantas lágrimas derramadas impedían llorar en ese instante. Rabí, ¿donde estás? Un halo cegador brilló intensamente en la oscura cueva…

martes, 6 de noviembre de 2007

JC: Amor y obediencia (Parte I)

Todo era tan confuso. Su alma inquieta. Sentía que la Luz se apagaba y no podía desaprovecharla pues nunca lo había hecho. Nadie quería estar al lado del Maestro como Él. O si bien, todos querían estar a Su lado, Él luchaba con todas sus fuerzas por ser el primero. Nada había cambiado para entonces. Había visto el milagro de la vida, era salvo, creyó. Pero de sus entrañas algo se desarraigaba, se desmoronaba en vida. Le había escuchado mil veces hablar acerca de lo que sucedería. Esta tarde es muy diferente. Las palabras de su amado son distintas ahora, Su voz cambia, pero no Su firmeza. Y son tan hermosos esos pasajes que no quiere despertar. Espero recordarlas, dice. Tantos versos de vida hicieron que pareciese que estaba en el cielo. Me voy contigo, Maestro, titubeaba.

–Vuestra tristeza se convertirá en gozo… (Juan 16:20)

Quería llorar, no sabía por qué. Escuchaba ‘muerte’ y ‘vida’ meneándole ansiosamente los oídos. Maestro, ayúdame, suplicaba en la mente. Jesús le miraba con el amor desde que lo vio por primera vez y le dijo: Sígueme. Han sido los tres mejores años de mi vida, decía. Te amo, te amo, te amo. Sus hermanos estaban ansiosos también. Pero el amor abundaba en la febril habitación. Sentían todos que el milagro más grande estaba por ocurrir. Sabían que con el Maestro era todo posible. Juan, el amado, seguía inquieto. Todo lo que conocía, lo que había visto iba a cambiar de manera impresionante; el rumbo del mundo –si existía alguno- se vería desproporcionado con la magnitud del evento a producirse. De pronto, una estocada en su corazón le atravesó el alma. No quiero, no quiero. ¿Cómo puede ser?

-Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre. (Juan 16:28)

Escuchó a uno de sus hermanos decir que ahora sí entendía, que Jesús sabía todas las cosas. Ciertamente, él también entendía a su Maestro claramente. Tuvo muchas fuerzas. Aún así no quería desprenderse de su amado. No puede ser. He encontrado la vida y ahora se me va. Llegó la hora. Él sabía que nada se iba a comparar con el gran momento que toda la tierra atestiguaría. Lo que sucedería abriría sus ojos para siempre, y los de toda la humanidad. No tenía por qué extrañarle. Recordó, entonces, cuando Jesús les dijo: Os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer (Juan 15:15). Era su amigo. Vamos, era su mejor amigo. Quiero estar a tu lado siempre, Maestro, se volvía a repetir. Nuevamente recuerda, como fulminantes dardos de amor atravesándole la mente, cuando Jesús le dijo: Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor (Juan 15:10). Tenía la clave, entonces. Al parecer sus hermanos también lo entendieron a pesar de la bruma onerosa. Los discípulos, finalmente, recordaron a su amado cuando estando en la barca temieron, para luego estallar en felicidad y gozo al ver al ser más poderoso del mundo: Jesús. El Maestro concluyó:

-Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo (Juan 16:33).

‘¡Jesús! Ya te conocemos, confiamos en ti, Maestro’ Se pareció escuchar silenciosamente siseando en el aire. Jesús tuvo calma. “Los preparé, me toca a mí”…

martes, 9 de octubre de 2007

La cercanía de Dios (Juan 9)

El hombre más hermoso del mundo, la vida andante, la buena nueva personificada, andaba con doce neófitos hambrientos de pasión por Él. Al estar Jesús caminando, de pronto, ve a un ciego de nacimiento. Los seres humanos, todos, nacemos ciegos. La condición de ciego la tenemos porque, al pecar Adán, "la muerte pasó a todos los hombres (Rom 5:12)". Esa ceguera nos aleja del Padre, pues esclavos del pecado fuimos; sin embargo, la justicia y la gracia de Jesucristo nos devuelve la vida. Esa noticia, ese pacto del Dios vivo, debe ser real en nuestras vidas. Además de saberlo, y tenerlo en mente, debemos vivirlo "Porque en cuanto (Jesús) murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuando vive, para Dios vive (Rom 6:10)". El punto es que, este ciego, aún no había "visto" a Jesús morir.

"¿Quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? (Juan 9:2)". Fue la precoz e inocente pregunta de sus discípulos. Definitivamente, era culpa de alguien ¿no? Cualquiera, en sus cabales, no podría afirmar que no hubo algún pecado para esa maldición. ¿Has pecado, como para ser ciego desde... siempre? ¿Acaso cometiste alguna falta en el vientre de tu madre, para pagarlo en menos de nueve meses? Jesús contestó: "No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él (Juan 9:3)". Eso te dice Jesús. Las obras de Dios, mi Padre, se manifestarán en ti. Anteriormente, Jesús había dicho "Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado (Juan 6:29)". El ciego estaba a punto de encontrarse con el propósito del mismo Dios, por medio de Jesús. Igual con nosotros, a pesar de ciegos, tenemos la obra de Dios como fin. Un encuentro con el Padre.

Jesús dijo: "El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida (Juan 5:24)". Nótese que se refiere a lo mismo, cuando menciona la obra de Dios. Ese es el milagro que quiere Dios para tu vida. Luego, Jesús escupió en tierra, hizo lodo con la saliva y la untó sobre los ojos del ciego; le dijo: ve a lavarte, éste lo hizo, y regresó viendo. Así, somos nosotros sanados y abrimos los ojos cuando recibimos a Cristo. Pero luego, viene la confrontación...

Hubo -luego de que los fariseos preguntarán al ciego quién le había sanado y cómo lo había hecho, y éste contestara que Jesús lo sanó- disensión, entre quienes creían que Jesús era "el Profeta" y los fariseos, quienes decían "ese hombre no proviene de Dios (Juan 9:16)". A tal punto llegó esa incredulidad que acudieron a los padres del ciego a preguntarles si realmente era ciego, les preguntaron cómo puede ver ahora. Sus padres dijeron: "Edad tiene, preguntádle a él (Juan 9:23)". Esta respuesta se debía al temor que sentían sus padres, porque "los judíos ya habían acordado que si alguno confesase que Jesús era el Mesías, fuera expulsado de la sinagoga (Juan 9:22)". Esta respuesta, sin embargo, es la prueba que Dios demanda luego de darnos vida. ¿Qué tanta "edad" tenemos para declarar a nuestro Sanador, a nuestro Salvador?

¿Cómo te abrió los ojos? "Ya os lo he dicho, y no habéis querido oír (Juan 9:27)" Los fariseos, de inmediato le injuriaron diciéndole: "Nosotros somos discípulos de Moises (no de Jesús). Nosotros sabemos que Dios ha hablado a Moisés; pero respecto a ése (Jesús), no sabemos de dónde sea. (Juan 9:28,29)" Al mencionar esto, ellos habían mecanizado la palabra de Dios, no estuvieron atentos a las profecías que anunciaban que vendría un Mesías a salvar a la humanidad. Y lo peor de todo, habían hecho de Dios una religión. No podían ver. Vivían en la Casa de Dios, pero no habitaban con Él. Se ocultaban en sus conocimientos de Dios, cuando estaba ciegos del Dios verdadero. No conocían al Dios verdadero, pues no habían creído en Jesús, su hijo. No pudieron dejarse amar.

Respondió quien había sido ciego "Pues esto es lo maravilloso, que vosotros no sepaís de dónde sea, y a mí me abrió los ojos [...] si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye [...] no se ha oído decir que alguno abriese los ojos a uno que nació ciego (Juan 9:30-32)". Finalmente, en su convicción declaró, firme y valiente, ante la autoridad del lugar, ante los "voceros" de Dios, "Si éste (Jesús) no viniera de Dios, nada podría hacer (Juan 9:33)". ¿Es así de fuerte nuestra fe, que en medio de la angustia, de la presión, de un lugar con enemigos que están sólo para hacerte caer, podamos declarar con firmeza que creemos en el Dios verdadero? El hombre lo hizo, pues supo que Jesús era el Salvador. Creyó, a pesar de las palabras de los sacerdotes y sus amenazas y condenación. Vivió el regalo de Dios. No sólo sus ojos físicos fueron abiertos, sino su "alma", fue capaz de reconocer a Jesus como Dios.

Lo condenaron de nuevo, lo expulsaron, le dijeron: "Tú naciste del todo en pecado ¿y nos enseñas a nosotros? (Juan 9:34)". Ni la condenación, ni la soberbia, ni la expulsión de los fariseos pudo contra la felicidad que vivía ese hombre. Pues el que ve a Dios, cambia totalmente. Consiguió la victoria.

Jesús, al saber que le habían expulsado, lo buscó y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? Le respondió él y dijo: ¿Quién es? Jesús le dijo: Yo soy. "Y él dijo: Creo Señor...(Juan 9:38A)". Jesús mismo lo confrontó luego y el hombre creyó. En ese momento, ya se había encontrado con el Padre. Jesús dijo "Si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais (Juan 8:19)". En ese momento, me imagino que el hombre era el más feliz del mundo; en ese día había encontrado la sanidad, el sentido a su vida, había encontrado al Salvador del mundo y conocía a Dios, aún sin saber las leyes de las que se jactaban los sacerdotes judíos.

"... y le adoró (Juan 9:38B)". No podía callar lo maravilloso de su día. De su encuentro con Jesús. Le adoro al ser más amado. Le adoró por amarlo. Consiguió la felicidad. Finalmente, Jesús dijo: "Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que (supuestamente) ven, sean cegados (Juan 9:39)".

Dios quiere encontrarse con nosotros. Abre tus ojos a la luz de Cristo. Deja la ceguera, así como el hombre que fue creado para que se manifieste en él la obra de Dios. Así, Dios tiene un propósito para nuestras vidas. Reconoce que Jesús es tu Salvador. A Jesús no le importó si el hombre conocía del Padre superficialmente como los fariseos. Jesús cumplió su propósito en esa vida, porque el hombre creyó. Y creyó maravillado, no a medias. Adoró a Dios, pues ya lo conocía y podía hacerlo con libertad. Dios viene por los humildes de corazón, para que los que no ven, vean. Sólo en transparencia, luego de creer en Jesucristo, podrás encontrarte con el Padre. Y es totalmente maravilloso.

Bendiciones.

viernes, 5 de octubre de 2007

A toda criatura

Cuando me encontraba hablando con un buen amigo sobre la bondad del Señor en nuestras vidas, logré percibir una sensación totalmente extraña. En una fotografía de toma aérea, nos vi hablando, y me vi, en cierto modo, convenciendo (o tratando de hacerlo). Por supuesto, cualquiera podría mencionar que dicha persuasión era totalmente, digamos, sana. Pero, muchos, perciben el cuadro de una manera distinta. Un fanatismo como panel de la foto.

Sentí, en mi corazón decirle que no hablo por mí mismo, ni para favorecerme. No hablo de una credencial, ni le explico las condiciones de membresía. Definitivamente, no quiero hacerlo ser parte de una institución. En otras palabras: No quiero que seas de mi religión. Entonces, ¿cuál era mi intención?

Logré rescatar, gracias a Dios, aquello que atizaba esa motivación por hablar de Jesús. Era fácil, era sencillo, era Él. Mencioné a mi amigo que lo quería mucho, y me dije a mí mismo, pero amo más a Dios. E, incluso, gracias a Él, puedo amarlo. Recordé entonces este pasaje: "...amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios [...] Porque Dios es amor (1era Juan 4:7)". Me di cuenta de que si amaba a alguien, ahora lo amo más, porque soy de Dios. Y si hablo de Cristo es porque quiero que mis amigos conozcan la verdadera vida, y, por supuesto, porque amo a Dios y creo en Su palabra. Y le agradezco por prestarme tan buenos amigos -y familia-, porque ellos son (o serán) de Él.

Juan el bautista, anticipó ese hambre que tengo por hablar y no callar su gracia: "El que recibe su testimonio, éste atestigua que Dios es veraz (Juan 3:33)". Los cristianos creemos firmemente que "...no puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo (Juan 3:27)". Nosotros, los hijos de Dios, no podemos callar su bondad y su favor. Dios pone palabras en nuestra boca. Incluso, este blog, mantiene esa motivación. Definitivamente, no lo hago en mis fuerzas porque no duraría ni un segundo. Lo hago por y para Él.

"Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable (1era Pedro 2:9)". Amigos, hermanos, amados, les animo a cumplir esta preciosa promesa. Si no lo hacemos, entonces quién lo hará. También poseemos un arma poderosa para nuestros seres queridos: la oración, a medida que intercedamos por otras personas, Dios nos da más compasión.

Dios nos llama a anunciar sus virtudes a toda criatura. Empecemos por quienes más amamos. Lo hacemos para Él, para Su gloria.

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