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martes, 29 de enero de 2008

Enamorado para siempre

boomp3.com

*Continuación de enamorado para siempre (parte 1).

“Recuerda, por tanto, de dónde has caído y arrepiéntete… (Apocalipsis 2:5a)”.

El alejamiento, o la falta de pasión, tuvieron un proceso largo que fue toscamente devorado por la religión. El escritor y pastor A. W. Tozer dijo: Sea lo que sea que abrace, la verdadera experiencia cristiana debe incluir un encuentro genuino con Dios. Sin eso la religión es como una sombra, una reflexión de la realidad, una copia barata de un original que alguna vez fue disfrutado por alguien de quien hemos escuchado. La religión, simplemente, rompe la conexión con Dios que debe definir a todo cristiano. La religión es una rutina de cristiandad. Ser cristiano es creer, amar y vivir a Jesús. Si has dejado el primer amor, pídele al Espíritu Santo que te muestre dónde y cómo has caído. Si existe la necesidad de reconciliarse con alguien, hazlo. Si hay algún capítulo inconcluso que solucionar, conclúyelo. Recuerdo el día en que estuve en casa con un amigo que recibió a Jesús esa misma noche. Algo que impactó mi vida fue su breve oración al Padre. Jamás escuché palabras más sinceras e inocentes. Sentí la presencia de Dios inundando mi cuarto con aquellos versos. A veces, es necesario eso luego de reconocer nuestra condición espiritual, volver a “recibir a Jesús”, una primera obra. Un Back to the basics, como lo llamo yo. Un nuevo inicio de algo inacabable suena razonable ¿no?

“… y haz las primeras obras (Apocalipsis 2:5b)”.

La decisión es lo más importante en el cambio. Decidir a quitarte la fachada de cristiano delante de Él y decirle que si eres cristiano es por Él. Que Él es la causa del cristianismo, no la consecuencia. Pedirle pasión por Él y buscarlo con todo nuestro corazón (Jeremías 29:13). Sacar la banderita blanca de rendición y proponerte a depender de Él. En ese momento, tu oración sobrepasará el techo de tu cuarto y la atmósfera de la verdadera adoración inundará tu vida (Juan 4:23). El gozo y la paz se convertirán en tu condición eterna (Salmos 16:11). Tendrás la certeza de que Dios está escuchándote, hablándote, caminando a tu lado, abrazándote mientras lees esto. Sabrás que cuando hablas con Él, Él está frente a ti. Te darás cuenta de que quien está a tu lado, es el ser más poderoso y es más real que el monitor frente a ti. Y correrás desesperado a buscarlo, a querer abrazarlo. Porque te decidiste a recuperar a tu primer amor. Recuerda, nada permanece, sólo la gracia de Dios. Y esa gracia te hace vivir pegado a Él. Podríamos negarle como Pedro, dormir cuando nos pide velar, pecar cuando nos pide santidad. Pero la gracia de Dios supera todo eso y siempre, amado hermano, lo hará.

“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios (Efesios 2:19)”.

Regresa a tu condición de niño. Esa condición en la que no tienes miedo de caer, porque tienes la fina certeza que una mano te sostiene. En la que no temes pedir, porque sabes que te será dado. En la que no temes llorar, porque sabes que serás consolado y alimentado. Sólo los que son como niños delante de Él, entrarán al reino de Dios (Marcos 10:15). Apasiónate por Él, retorna al instante en que le dijiste: Viviré esta aventura porque Tú estás conmigo. Podrás renovarte en los ríos de agua viva que Él promete (Juan 7:38). Podrás creer tus palabras al decirle Te Amo. El encuentro me sirvió para darme cuenta de que si muevo un músculo, lo hago por el amor de mi vida: Jesús; y como dice la canción que subí (en la primera parte), para llevarme al santo lugar en el que Lo conocí. Apasiónate, hermano(a). Pronto llegarán días de gloria, de comunión con Él. Bendecirás a Jehová que te aconseja, aun en las noches te enseñará tu conciencia (Salmos 16:7).

“… y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios (Efesios 3:19)”.

La única razón de ser de un verdadero cristiano es habitar en el amor perfecto de Jesús. Sabemos que el sol renace cada mañana por Su amor, que el aire que respiramos es por Su amor, que la silla con tu nombre en Su mesa está ahí por Su amor. Sé valiente, Él no se limitó en ningún momento cuando estuvo aquí en la tierra, sino que marcó el cambio, y no vaciló porque tenía una meta: Morir por ti. Te amó más que a Su propia vida. Aunque suene imposible, intentemos hacer lo mismo que Él hizo por nosotros.

Mi Señor, tú conoces mi corazón, nada te puedo ocultar.
Sabes que te amo, pero hoy reafirmo ese pacto que hice contigo.
Hoy te digo que te amo más que a nada en la vida.
Ayúdame y enséñame a amarte más. Quiero arder de pasión por Ti.
Mi vida es tuya, es todo lo que te puedo dar.
Mi amor es tuyo.
Gracias por encontrarme, gracias por cuidarme,
Gracias por amarme.
Te amo. Confío en Ti. Eres mi fortaleza.Eres mi primer amor.

lunes, 21 de enero de 2008

Enamorado(a) para siempre... (parte 1)

boomp3.com

Hasta hace muy poco hubo un encuentro en mi iglesia, el tema: El Avivamiento en la Vida del Líder. Para empezar, no me sentía líder como para asistir al evento, entonces, con una falaz indiferencia quise dejarlo pasar hasta que me llamó mi gran amiga Cessia, quien es un apoyo cardinal en mi perseverancia en la iglesia, y me dijo que tenía una invitación para mí. Le dije que no me consideraba un líder, ella me respondió (conociéndola, sin ánimos zalameros sino sabios) que Dios sí me consideraba uno. De pronto, sentí en mi corazón que Dios quería que esté ahí. Trajeron la invitación hasta mi puerta y, pues, al día siguiente, mi mamá (quien sí apoya en la iglesia) y yo, nos encaminamos a la casa de Dios. Las tres noches fueron una bendición total. Luego del encuentro, vimos claramente, la iglesia, un despertar, que no es parte del proceso en la vida de un cristiano, sino la esencia del proceso: Jesús, quien ya escribió la mejor novela biográfica acerca de la vida de cada uno de ustedes, y la guarda en el escaparate más precioso que existe: Su corazón.

“Dios nos escogió en Cristo desde antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos y sin defecto en su presencia. Por su amor, nos había destinado a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, hacia el cual nos ordenó, según la determinación bondadosa de su voluntad (Efesios 1:4-5)”.

De manera inmediata, repase el capítulo fundamental que marcó tu vida como creyente. El día en que, simplemente, el más grande milagro ocurrió; el día en que le arrancaste una sonrisa a Dios porque decidiste ver Su reino (Juan 3:3); el día en que tú le dijiste sí a Jesús. O, por otro lado (recordando el trato que Dios tuvo conmigo), trae a la memoria el día en que estuviste dispuesto a dejarle llevarte de la mano de vuelta al rebaño. Recuerda el día en que fuiste salvo. Imagino que algunos habrán dibujado un retozo en su rostro, pues fue un gran día ¿no?; otros, quizás, conscientes de haber olvidado aquel día, hayan sido estremecidos en su corazón y motivados a buscar de Dios; alguna oveja extraviada, de pronto, sienta una nostalgia que quiere evitar, aun conociendo la verdad; en mi caso, al recordarlo, simplemente tuve que llorar tristemente. Ahora les explico el porqué. El pastor nos incitó, peligrosamente, a sopesar nuestro corazón sediento en aquel día de salvación, y los hermosos días que le siguieron, con nuestra vida de cristianos actualmente. Vaya comparación, eh.

“Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte (2 Corintios 7:10)”.

La salvación está intacta, nadie te la puede arrebatar (Juan 5:24). Pero no todo termina ahí. El ser cristiano es un proceso inacabable, en el cual Dios es dueño del mismo. El no puede renovar su amor para nosotros porque Su amor es eterno y perfecto (Romanos 8:38,39). No obstante, nosotros sí podemos hacerlo. Quizás muchos no nos hemos dado cuenta de cuánto hemos dejado de tener hambre por Él, hambre de Su presencia. Quizás nos olvidamos de vivir la historia de cierto carpintero que murió de la peor manera por nosotros y lo grabamos en la mente como algo histórico que se pierde en los anaqueles antiguos; cierto, sabemos que fue real, pero fue un suceso más, es decir, ya murió por mí ¿no? Quizás hemos permitido una insensibilidad a las prédicas en las iglesias porque el tema siempre es el mismo: Jesús, Jesús y más Jesús. “Porque de tal manera amó Dios al mundo... bla bla bla” El Juan 3:16 parece tan trillado, y su significado no es más que una sombra de palabrería que alguna vez significó algo y salvó tu vida. Todos, síntomas del descuido de dejar el primer amor.

“Dice Jehová: Tengo contra ti, que has dejado tu primer amor (Apocalipsis 2:4)”.

Cuando regresé a los brazos de mi Dios, sentí la sensación más exquisita e inexplicable que he sentido en toda mi vida. Todo lo que existía, cada paso que daba, recuerdo, era por Él, cual zagal adolescente que logra conquistar a la chica de sus sueños y hace hasta lo imposible por verla sonreír. La vida no podía ser menos que perfecta. Conocía del primer amor, pero en ese momento no me percataba de su existencia. Un hermano me dijo que yo estaba viviendo el primer amor, y por eso mi increíble alborozo. Sinceramente, creí que ese amor jamás se acabaría, que lo intenso de mis días duraría hasta mi muerte. Cada día que pasa el Señor perfecciona su obra en nosotros (Filipenses 1:6), de eso no hay duda. Pero, hay que interrogarnos, cuánto estamos mostrando esa pasión por Él como aquel día en que lo conocimos. Con cuánta intensidad estamos tratando de darle lo que Él se merece. Con ‘dejar el primer amor’, no estoy hablando de ser víctimas de una emoción pasajera o, en términos platónicos, de una tonta ilusión amorosa. No estoy poniendo en duda la salvación. Hablo de regresar a aquel manantial del que bebimos por primera vez, del primer abrazo paternal que recibimos, de la delicadeza al hablar del ser que más amas a otras personas, de la primera velada que tuviste a solas con él. Aquel espacio santo que renace sólo en testimonios que evocan cierto día algo que fue real.

“¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? (Mateo 26:40)”.

Quizás no “andes en pecado” como los adúlteros o los hipócritas (Romanos 3:10). Haz renunciado a muchas cosas por Él, y te sientes bien por no ser malo como los del mundo (Lucas 18,11). Probablemente ores todos los días, pero tus versos son largos discursos o frases que has ido memorizando de algún hermano y has ido complementado con el de algún otro, nada nuevo, nada original, ‘lo que te pedí ayer, lo mismo, nomás Señor’ (Mateo 6:7). Vas a la iglesia fielmente todos los domingos, pues se hizo una costumbre saludar a la congregación quien te devuelve una sonrisa de aprobación por tu asistencia. Es posible que en tu colección de discos se encuentre el último single de Jesús Adrián Romero, o Hillsong para los más jóvenes, pero las melodías ya no te conmueven como antes. Los cuadros en tu casa hacen notar tu devoción con el Salmo 23, o el 27, bien ubicado para que toda visita sepa que eres un cristiano. Felicidades, hermano, has logrado obtener el título de religioso. Vistes todo lo que es necesario para ser llamado un cristiano. La fachada te queda perfecta. Pronto te das cuenta de que nada te llena, que haz llegado al hastío espiritual. La fe ya no es lo que solía ser antes, se va deteriorando en un proceso muy sutil y, a veces, invisible. Tu fachada de cristiano está intacta, pero tu alma no encuentra esa sonrisa que tuviste el día de tu salvación. Yo le pregunté a Dios, ¿Qué pasó con el Carlos que no dormía si no habitaba en Tu templo y te adoraba sin importarle el reloj? Y… ¿Qué pasó contigo?

(continuará)

jueves, 25 de octubre de 2007

Mi primer amor

Tan diáfano recuerdo no requiere esfuerzo, estábamos en quietud y en movimiento, en asombro y conocimiento, en amor y pasión. Si algo existía en esos momentos, era el amor del Dios mismo revelándose en la vida de cada uno de mis amigos. La meta, una sola: adorar a Jehová quien nos rescató de toda iniquidad. Ese era en sí, el fin de la célula de los “trebolinos”, aquella inseparable y empalagosa célula que no podía desprenderse de la mano del Señor.

Aquellos fueron tiempos de búsqueda a Dios tremendos. Jamás había sentido el amor del Señor tan de cerca. Diciéndome que me amaba, no porque era el “timoteo” de la célula, sino porque era Su hijo. Recuerdo también que si algo motivaba ese acento del evangelio era Jesús, Su acto de amor y Su ejemplo. Era la piedra fundamental de nuestras vidas. Sentíamos –los líderes y yo- que si hacíamos algo, era por Él. Sentíamos que todo era por amor a Jesús. Todo.

Descubrí orgullo en mí porque me dedicaba mucho a Dios, pero no encontraba recompensa, porque vivía esperándola. Eran tiempos difíciles, reconocía por momentos que algo estaba haciendo mal. Aún así seguía luchando, pero esta vez en mis fuerzas. Sentí cierta pseudo-espiritualidad creciendo en mí, a pesar de que con suavidad, escuchaba en las noches a Dios diciéndome: ¿A quién estás sirviendo, hijito mío?

Me engañé por mucho tiempo. Por un lado, sufría mucho pues tenía problemas bastante grandes que agobiaban mis días. Pero no los solucionaba y así, iba a hablar Su palabra. Debo reconocer que mis oraciones se extendían en largos discursos retóricos llenos de hermosos epítetos, incluso bíblicos pero ninguno desprendido desde el fondo de mi corazón; ninguna súplica de ayuda. No encontraba la paz, el gozo, la alegría que tenía de más pequeño y que tengo ahora por Su gracia. Me di cuenta que servía, a pesar de dedicarle todo a Él, a otro amo, a Carlos Sánchez.

Poco a poco fue desmoronándose mi vida espiritual, mi anhelo, mi pasión por Él. A la par la célula se disolvía, pues como todos, mis hermanos también tenían problemas. Seguía pidiéndole sanidad, restauración, pero mi oración no pasaba el techo de mi cuarto, bueno, así lo sentía. En todo este tiempo, no recordé que el me sostenía de Su mano y yo la apartaba pues creía que podía hacerlo solo. Olvidé estas palabras: "Se han consumido de tristeza mis ojos, mi alma también y mi cuerpo... Mas yo en ti confio, oh Jehová (Salmos 31:9,14)". El resultado: me alejé de Él

Esa fue mi idea, mi solución. 'Le dije, yo no puedo adorar a alguien que no es justo conmigo. Mi único anhelo era servirte, pero no veo ningún resultado.' Terminé el colegio, una vida nueva empezaba, una vida de satisfacción, de alegría, de solución o eso era lo que creía. 'Soy libre', jamás hubo frase más falaz en mis labios. Con mi alejamiento de Dios, "descubrí" muchas cosas, en un principio con el temor santo de su Espíritu advirtiendo, pero poco a poco se iba apagando. Sentía por momentos, que me decía: 'vuelve a mí, te sigo esperando'. Y era realmente incómodo, es decir, no podía “pecar a plenitud”. Si deseaba hacer algo que no le agradaba, simplemente no me salía. Pero seguía intentándolo y, en parte, a “medias”, lo lograba.

Jamás mi corazón se endureció tanto como en ese tiempo. Llegaba muy tarde a casa, de alguna fiesta o reunión y sentía al subir a mi cuarto una sensación realmente irritante. Algo que me decía ‘detente, pídeme, yo te escucho’. Yo cuestionaba: “No me sale nada. Pensé que tú querías que yo fuera feliz. Pero no me das nada. ¿Acaso éste era tu propósito en mi vida?”. La experiencia me sirvió para notar mi corazón confundido y obstinado, mi rebeldía, mi amor apagándose y mi debilidad. Así transcurrieron mis noches, Dios hablando, yo negando. Yo, con las mismas palabras: “Si vas a hacer algo, hazlo” y dormía intranquilo, con la serenidad a mil años luz de mí. Esa fue mi vida sin Él, vacía, triste, sola.

Luego de mi encuentro con Él, le pregunté mientras oraba, ¿Qué pasó, Señor mío? ¿Qué me ocurrió en ese entonces? ¿Por qué pretendí encontrar algo mejor que a ti? Y Él me respondió: “Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor (Apocalipsis 2:2-4)”.

Me quebré totalmente. Le di mi gratitud por haberme abierto los ojos. Y es que era cierto. Estaba trabajando por amor “de” Su nombre. Estaba dedicándole mi vida a un título que desconocía. “De” un nombre que conocía bien a quien pertenecía, pero era sólo eso. Olvidé que adorar a Jesús es hacerlo por amor “a” su nombre. Por amor a Su amor. Por amor al acto más precioso que hubo. Por amor a Él. Busqué dones, espiritualidad, etc. pero olvidé que si no fuera por Jesús no existiría nada de eso. Olvide mi primer amor, a Jesús, por quien supuestamente actuaba. Olvidé al amor de mi vida.

El Señor me sanó ese día, lloré mucho pues había desperdiciado mucho tiempo y, sobre todo, le había fallado, además mi vida era horrible. Me vi haciendo todo vistiendo un polo con un estampado que decía JESUS, cuando Él me decía: '¡Hijo, aquí estoy a tu lado!, si deseas hablar de mí, preséntamelos y yo me haré cargo'. Es verdad, servimos a una causa, pero la diferencia es que esta causa vive. Jamás sentí tan real a Jesús en mi vida. En esa encrucijada, las palabras que diferenciaron esa noche de las demás, fueron: “Si vas a hacer algo, hazlo; pero Señor, ahora sí estoy dispuesto a oírte, porque no puedo hacer nada sin tu ayuda”. Y me abrazó, me dijo, ovejita, ven a mí, “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano (Juan 10:27,28)”.

El me había dicho: “No te desampararé, ni te dejaré (Hebreos 13:5)” y yo lo había olvidado. Ahora no hay otro motivo de mi adoración que Él, Su perdón fue lo más grande que experimenté, Su gracia se volvió real en mi vida. Su amor es todo. Jesus es el primer amor. Jesús dijo: “Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor (Juan 12:26)”. Más adelante dice: “… porque separados de mí nada podéis hacer (Juan 15:5)”. Si Dios tiene un plan para ti, el pone el pie primero, no tú. Y con esa convicción y confianza hay victoria. En ocasiones veo desiertos y antes de desesperar, confío en Él, Él no defrauda.

Y es verdad, como me dijo un gran amigo y siervo de Dios cuando le preguntaba ¿cómo saber si lo hago (cualquier cosa) en mis fuerzas?: “Porque en tus fuerzas no dura”. Ahora he creado una dependencia con Él. No puedo nada solo. Esa voz, ese aliento no cesará nunca desde el día en que hemos creído. Estamos “condenados” a Su libertad. “Condenados” a Su amor. ¡Qué bonita condenación!

¡Regresa! “Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido en misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó… [mi amado] era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado (Lucas 15:20,32)”.

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