lunes, 25 de febrero de 2008

Rendición

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No entiendo qué puede estar removiéndome los suelos ahora. Costándome mares de lágrimas, y desvelos que a veces creo innecesarios. Mis enemigos escarnecen Tu nombre porque los invoca un ser débil e ineficiente, alguien acostumbrado a un Edén inexistente. Se desgarra mi alma al ver que todo lo que me diste, me quitaste. Que seres que amé, ahora luzcan indiferentes a mi indiferencia. Que mi protagonismo debe morir, para conocer la grandeza de Tu gloria. Me cuesta, me cuesta mucho. Me cuestas mucho...

“Adorar a Dios no es barato… cuesta la vida (Danilo Montero)”.

No entiendo qué pasó hace unos días, pero mi vida ha cambiado. En casa me espera alguien que quiere ungirme con Tu poder, mientras yo, en el tranquilo pasto, rodeado de ovejas y guitarra en mano, aún me pregunto cómo puedes querer usar a un ser melancólico. Mi inconformidad no parece un atributo positivo, es por eso que necesito saber qué esperas Tú de mí. Necesito saberlo. Actuar es tan difícil cuando en quietud se puede ver Tu mirada. Pero me inquieta saber que desvías tu mirada a otros que no creen en Ti, que blasfeman contra Ti con sus vidas. Y lloras por ellos...

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos (Juan 17:20)”.

No entiendo Tu paciencia y Tu perdón. Tus pactos eternos y perfectos, cuando los míos son efímeros e irreales. Si de veras amas la justicia, pues deberías olvidarte de este mortal. Aún así, existe algo hermosísimo que restauró una triste vida, color carmesí, me hace sentir tan bien que no puedo explicarlo con palabras. ¿Tu preciosa sangre... por un niño?

"Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños... (Lucas:10:21)".

Y no puedo entender, y creo que jamás lo haré, por qué me amas tanto. Y yo no puedo evitar amarte. Eres mi sustancia. Mi vida resulta patética sin Ti. Permíteme vivir para Ti, Adonay. No encuentro una mejor vida si no es a Tu lado. Demándame lo que quieras, mi Maestro. Mi confianza está puesta en Ti. Y hoy renuncio a mi vida, por Ti.

“Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; Tú sustentas mi suerte (Salmos 16:5)”.



-Siento decirte esto, y un día me lo dijeron así: Dios te dice, ¡sal del la higuera y no digas más soy niño porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande!

-¿Saldrías tú de la higuera sabiendo que ahí está el calor protector de Dios? … ¿o me estoy engañando?

-Pues si lo quieres ver cara a cara como Jacob, o ver su espalda como Moisés, o ver venir hasta el Seol por ti como David, pues sí.

(Conversación con un hermano, amigo y siervo de Dios)

viernes, 22 de febrero de 2008

JC: Resurreción y Victoria (parte 4)

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Continuación de serie JC (1, 2, 3)

“Y por medio de Él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz (Colosenses 1:20)”.

Un ser de aspecto como un relámpago y su vestido como la nieve (Mateo 28:3) brillaba en el fúnebre recinto provocando terror a las fieles mujeres. Los guardias que cuidaban el sepulcro huyeron despavoridos al ver al sujeto. Sabían que nada andaba normal desde que ajusticiaron al inocente nazareno. ¡No teman! Un gozo complementaba el temor, esa luz de alguna manera señalaba una naciente esperanza que dos días atrás había sido clavada y sepultada en la oscura cueva sin intenciones de regresar. Mientras el ángel de Dios hablaba, María Magdalena, perdida en la mirada, liberaba el fruncimiento de su rostro, y completaba una triste sonrisa cuando escuchó las siguientes palabras: No está aquí, pues ha resucitado (Mateo 28:5). Fue cuando, consternada, recordó los insistentes anuncios de la muerte de su amado que, por aquellos tiempos, nadie lograba entender (Marcos 9:32) y, la mejor parte de todo, Su resurrección:

“…se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. Pues será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y afrentado, y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día resucitará (Lucas 18:31-33)”.

Resucitaron sus esperanzas. María Magdalena, y Juana, y la otra María fueron a ver a los discípulos inmersos en una profunda tristeza para contarles lo que habían visto. Éstos dudaron y tomaron como ofensa que las mujeres vayan a darles semejante noticia a corazones ya desesperanzados y abatidos. Locas, fueron llamadas (Lucas 24:11). Entre ellos, Pedro, como nunca débil y melancólico, sin el impulso ni la osadía que lo caracterizaba, se levantó. No tenía nada que perder, ya lo había perdido todo. Echo a correr, mientras que Juan, despedazado hasta el alma, recordaba cómo vio morir a su amado al pie de la cruz; habría dado lo que fuera por verlo nuevamente, abrazarlo y decirle cuánto lo amaba. Desesperado, sin saber qué creer, fue corriendo tras Pedro, y un amor inexplicable le aceleró los pies (Juan 20:4), y se adelantó. Llegaron, vieron los lienzos solos, creyeron y se maravillaron. Finalmente, volvieron con los demás.

“¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos? (Mateo 21:42)”

La cueva era aún victima de sollozos lastimeros. María Magdalena, contagiada de la ardiente pasión de los otros discípulos, quien había seguido a Jesús en todas sus empresas y le había servido con fervor (Lucas 8:2), lloraba de rodillas, sin consuelo. Su corazón latía confusamente cuando decidió mirar dentro del sepulcro. Escuchó una voz. Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Pensó que era el hortelano y le preguntó por el cuerpo. La voz se dulcificó y habló con autoridad. ¡María! En ese instante, sus ojos fueron abiertos y vio a Su Maestro. ¡Raboni! (Juan 20:16). Se acercó raudamente a besar sus pies cuando Jesús le dijo que no lo toque. Quería ver a Papá primero. Él estaba tan feliz, tan ansioso por ver la sonrisa poderosa de Su Padre porque, complaciente, le obedeció hasta Su último respiro en la tierra. Además iba a celebrar Su victoria pues con Su muerte no había perdido nada, sino había ganado la salvación de la humanidad (Juan 6:39).

“Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios (Juan 20:17)”.

Como nunca esa frase se tornó en una verdad eterna para quienes creen Su nombre. El enemigo y sus planes perversos se vieron reducidos y destruidos en la cruz. Ahora que Jesús compró la vida de todo ser humano con Su muerte, la conexión con el Padre sería perfecta. Fue la mayor victoria de todos los tiempos. Por entonces, dos hombres que estaban con los discípulos, salieron a Emaús, una aldea no muy cercana a Jerusalén, recordando lo acontecido con tristeza en los ojos, y cansancio de alma. De pronto, Jesús se acercó y caminó con ellos, pero éstos no veían quién era en verdad, pues tenían los ojos velados (Lucas 24:16). Ante la pregunta de Jesús, ellos comentaban cómo el pueblo había perdido a un profeta más, quien supuestamente había de redimir a Israel. Ante esto, Jesús, les explicó que era necesario que el siervo de Dios padeciera y entrara en su gloria (Lucas 24:26). Con sus labios, lleno de versos profundos y poderosos, declaraba las Escrituras y les explicaba las profecías. Cuando llegaron a su destino, y Jesús, quien aceptó la invitación que le hicieron para quedarse junto con ellos, bendijo el pan en la mesa, les fueron abiertos los ojos y le reconocieron. Antes de que alguna reacción desmesurada interrumpiera la cena, Jesús desapareció de su vista.

“Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras? (Lucas24:32)”.

Inmediatamente, ellos volvieron a Jerusalén, y vieron a los discípulos reunidos, y les dijeron todo lo que habían visto. Perplejos, los once se miraban entre sí. ¿Sería verdad? Las mujeres y estos dos dicen haberlo visto. ¿No nos enseñó el Maestro a creer? De pronto, Jesús se puso en medio de ellos. Paz a vosotros. Un silencio de terror, lágrimas sin destino, ojos quebrados. Estaba precioso y brillando. Hipnotizante como siempre. Jesús percibió su asombro, ¿por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? (Lucas 24:38). Juan temblaba cuando Jesús mostraba sus manos y sus pies que él había visto atravesados, rojos, desgarrados. Jesús sonreía al ver la inoperancia de sus hijitos, y para romper el hielo les preguntó: ¿Tenéis aquí algo de comer? (Lucas 24:41). Era Él. Siempre tan original, tan innovador, tan amoroso. La felicidad y el gozo jamás fueron tan intensos en todo el mundo como aquel día en ese cuartito pequeño. Jesús había resucitado.

martes, 29 de enero de 2008

Enamorado para siempre

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*Continuación de enamorado para siempre (parte 1).

Recuerda, por tanto, de dónde has caído y arrepiéntete… (Apocalipsis 2:5a)”.

El alejamiento, o la falta de pasión, tuvieron un proceso largo que fue toscamente devorado por la religión. El escritor y pastor A. W. Tozer dijo: Sea lo que sea que abrace, la verdadera experiencia cristiana debe incluir un encuentro genuino con Dios. Sin eso la religión es como una sombra, una reflexión de la realidad, una copia barata de un original que alguna vez fue disfrutado por alguien de quien hemos escuchado. La religión, simplemente, rompe la conexión con Dios que debe definir a todo cristiano. La religión es una rutina de cristiandad. Ser cristiano es creer, amar y vivir a Jesús. Si has dejado el primer amor, pídele al Espíritu Santo que te muestre dónde y cómo has caído. Si existe la necesidad de reconciliarse con alguien, hazlo. Si hay algún capítulo inconcluso que solucionar, conclúyelo. Recuerdo el día en que estuve en casa con un amigo que recibió a Jesús esa misma noche. Algo que impactó mi vida fue su breve oración al Padre. Jamás escuché palabras más sinceras e inocentes. Sentí la presencia de Dios inundando mi cuarto con aquellos versos. A veces, es necesario eso luego de reconocer nuestra condición espiritual, volver a “recibir a Jesús”, una primera obra. Un Back to the basics, como lo llamo yo. Un nuevo inicio de algo inacabable suena razonable ¿no?

“… y haz las primeras obras (Apocalipsis 2:5b)”.

La decisión es lo más importante en el cambio. Decidir a quitarte la fachada de cristiano delante de Él y decirle que si eres cristiano es por Él. Que Él es la causa del cristianismo, no la consecuencia. Pedirle pasión por Él y buscarlo con todo nuestro corazón (Jeremías 29:13). Sacar la banderita blanca de rendición y proponerte a depender de Él. En ese momento, tu oración sobrepasará el techo de tu cuarto y la atmósfera de la verdadera adoración inundará tu vida (Juan 4:23). El gozo y la paz se convertirán en tu condición eterna (Salmos 16:11). Tendrás la certeza de que Dios está escuchándote, hablándote, caminando a tu lado, abrazándote mientras lees esto. Sabrás que cuando hablas con Él, Él está frente a ti. Te darás cuenta de que quien está a tu lado, es el ser más poderoso y es más real que el monitor frente a ti. Y correrás desesperado a buscarlo, a querer abrazarlo. Porque te decidiste a recuperar a tu primer amor. Recuerda, nada permanece, sólo la gracia de Dios. Y esa gracia te hace vivir pegado a Él. Podríamos negarle como Pedro, dormir cuando nos pide velar, pecar cuando nos pide santidad. Pero la gracia de Dios supera todo eso y siempre, amado hermano, lo hará.

“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios (Efesios 2:19)”.

Regresa a tu condición de niño. Esa condición en la que no tienes miedo de caer, porque tienes la fina certeza que una mano te sostiene. En la que no temes pedir, porque sabes que te será dado. En la que no temes llorar, porque sabes que serás consolado y alimentado. Sólo los que son como niños delante de Él, entrarán al reino de Dios (Marcos 10:15). Apasiónate por Él, retorna al instante en que le dijiste: Viviré esta aventura porque Tú estás conmigo. Podrás renovarte en los ríos de agua viva que Él promete (Juan 7:38). Podrás creer tus palabras al decirle Te Amo. El encuentro me sirvió para darme cuenta de que si muevo un músculo, lo hago por el amor de mi vida: Jesús; y como dice la canción que subí (en la primera parte), para llevarme al santo lugar en el que Lo conocí. Apasiónate, hermano(a). Pronto llegarán días de gloria, de comunión con Él. Bendecirás a Jehová que te aconseja, aun en las noches te enseñará tu conciencia (Salmos 16:7).

“… y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios (Efesios 3:19)”.

La única razón de ser de un verdadero cristiano es habitar en el amor perfecto de Jesús. Sabemos que el sol renace cada mañana por Su amor, que el aire que respiramos es por Su amor, que la silla con tu nombre en Su mesa está ahí por Su amor. Sé valiente, Él no se limitó en ningún momento cuando estuvo aquí en la tierra, sino que marcó el cambio, y no vaciló porque tenía una meta: Morir por ti. Te amó más que a Su propia vida. Aunque suene imposible, intentemos hacer lo mismo que Él hizo por nosotros.

Mi Señor, tú conoces mi corazón, nada te puedo ocultar.
Sabes que te amo, pero hoy reafirmo ese pacto que hice contigo.
Hoy te digo que te amo más que a nada en la vida.
Ayúdame y enséñame a amarte más. Quiero arder de pasión por Ti.
Mi vida es tuya, es todo lo que te puedo dar.
Mi amor es tuyo.
Gracias por encontrarme, gracias por cuidarme,
Gracias por amarme.
Te amo. Confío en Ti. Eres mi fortaleza.Eres mi primer amor.

sábado, 26 de enero de 2008

Tan lejos...

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De pie me encontraba, aquel cuarto oscuro, cuando vi Tu luz que me hizo caer, rodar, llorar...
Tu gloria fue demasiado para mi vida, cambió mis pasos, cambió mi mente, cambió el rumbo de un simple mortal. Tus ojos me enamoraron y mis labios repitieron tus sublimes cantos, sin saber que pactaba mi vida cotigo.Ya no pudo ser igual, sólo... todo había cambiado.

Tormentas arrasaron, diluvios inundaron, llamas quemaron...
Al final de cada día, en tu nido de vuelta, veía que Tu poder sobrepasaba cualquier límite. Que Tu voz calmaba el desasosiego de la tormenta. Que Tu mano secaba la Tierra y la adornaba del hermoso arcoiris. Que Tu aliento hacía temblar al fuego consumidor que terminaba apagado. Papá, ¿cuánto más poder tienes? Sonreías.

Te amo, retumbaba los montes, iniciaba el crepúsculo. En pequeñas cosillas, insignificantes para cualquiera, me demostrabas increíbles milagros. Vimos gente sanada, mucha gente nueva bajo tu protección. Me mandabas recados, yo feliz, a Tu lado, los hacía. Juntos para siempre. Sabías cuánto te necesitaba, cuánto te anhelaba mi ser. Viniste a tatuarte en mi vida. Viniste a ser la mejor parte de mí. En sueños, incluso, te encontraba.

Es hora de aprender a volar.
Bueno, vamos pues.
Es hora de que lo hagas solo.
Me voy a caer si no vienes, vamos.
Estoy aquí, en la misma rama en que me conociste. Vamos, tú sabes que quiero llevarte a lugares altos. Para eso, necesito que estes adiestrado para llegar a otros montes. Yo puedo hacerlo, tú, para empezar necesitas agitar esas alas y llegar hasta esa otra ramita que está cerca.
Me da vergüenza caer, me da miedo ir sin ti. En el nido todo es mejor ¿no? No quiero hacerlo, no puedo hacerlo.

Inválido, pajarillo sobreprotegido, ya era hora. El entorno espectante, yo cobarde. De pronto, mi armadura ya no se desgastaba, no tenía excusa para buscar que la renovarás. De pronto, mis alas no evolucionaban, no podía obedecerte sin cuestionar como antes. De pronto, ya no quería mirarte, siempre te encontraba amoroso y, a pesar de todo, orgulloso y esperando. Indigno, esperé, temí, no actué, ni lo intenté.

Estabas a mi lado, pero te sentía tan lejos...
Recibías mi desesperado abrazo cuando corría hacia ti, pero Tu respuesta era siempre la misma: Levántate, vuela. Era un Mefi-boset que jamás conoció a David. Era un Jonás instalado en Tarsis. Era un Moisés muerto en Madián. Era un Pedro con la cuarta negación. Pero mi negación no era hacia otras personas, sino hacia mí mismo. Aquel día en que apagamos las llamas, yo vivía de Tu poder. Ahora lo negaba con mi desconfianza.

Sentado, viéndote esperándome, repase nuestras aventuras. En montes, en hogares, en calles. Todo lo hicimos juntos, y me prometiste que siempre sería así. No has roto tal promesa, me creaste para pelear. Y siempre estarás conmigo. Aquel Dios que me engreía, es el mismo que me reta. Aquel Dios que me sanó, es el mismo que me esfuerza. Aquel Dios que me entrenaba, es el mismo que me manda a la guerra. Aquel Dios que me salvó la vida, quiere que renuncie a ella y viva en Él.

Ya no me importa nada...
Acaso si resbalo al precipicio, ¿tu Mano no estará esperándome abajo? Acaso si mis enemigos se juntan contra mí, ¿tu Voz no los hará temblar de terror? Acaso si caigo enfermo, muerto en vida, ¿tu Sangre no podrá vencer cualquier iniquidad? Acaso si ataco a otras huestes en Tu nombre, ¿tu Espíritu no me dará la victoria? Acaso si en uno de mis intentos caigo y muero, ¿tu Eternidad no me hará el ser más feliz de la tierra?

"Pagaré lo que prometí... (Jonás 2:9)"

El pajarillo hoy a despertado, es un día radiante. Se asea y acicala. Corre de frente a su Padre, lo abraza, lo besa. Confío en Ti. Y antes de que cayera la primera lágrima, levanta la mirada hacia el azul firmamento, toma vuelo, corre aproximándose a la orilla de la rama y salta...

"Reedificarás las ruinas antiguas, levantarás los lugares devastados de antaño, y restaurarás las ciudades arruinadas, los escombros de muchas generaciones (Isaías 61:4)".

lunes, 21 de enero de 2008

Enamorado(a) para siempre... (parte 1)

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Hasta hace muy poco hubo un encuentro en mi iglesia, el tema: El Avivamiento en la Vida del Líder. Para empezar, no me sentía líder como para asistir al evento, entonces, con una falaz indiferencia quise dejarlo pasar hasta que me llamó mi gran amiga Cessia, quien es un apoyo cardinal en mi perseverancia en la iglesia, y me dijo que tenía una invitación para mí. Le dije que no me consideraba un líder, ella me respondió (conociéndola, sin ánimos zalameros sino sabios) que Dios sí me consideraba uno. De pronto, sentí en mi corazón que Dios quería que esté ahí. Trajeron la invitación hasta mi puerta y, pues, al día siguiente, mi mamá (quien sí apoya en la iglesia) y yo, nos encaminamos a la casa de Dios. Las tres noches fueron una bendición total. Luego del encuentro, vimos claramente, la iglesia, un despertar, que no es parte del proceso en la vida de un cristiano, sino la esencia del proceso: Jesús, quien ya escribió la mejor novela biográfica acerca de la vida de cada uno de ustedes, y la guarda en el escaparate más precioso que existe: Su corazón.

“Dios nos escogió en Cristo desde antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos y sin defecto en su presencia. Por su amor, nos había destinado a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, hacia el cual nos ordenó, según la determinación bondadosa de su voluntad (Efesios 1:4-5)”.

De manera inmediata, repase el capítulo fundamental que marcó tu vida como creyente. El día en que, simplemente, el más grande milagro ocurrió; el día en que le arrancaste una sonrisa a Dios porque decidiste ver Su reino (Juan 3:3); el día en que tú le dijiste sí a Jesús. O, por otro lado (recordando el trato que Dios tuvo conmigo), trae a la memoria el día en que estuviste dispuesto a dejarle llevarte de la mano de vuelta al rebaño. Recuerda el día en que fuiste salvo. Imagino que algunos habrán dibujado un retozo en su rostro, pues fue un gran día ¿no?; otros, quizás, conscientes de haber olvidado aquel día, hayan sido estremecidos en su corazón y motivados a buscar de Dios; alguna oveja extraviada, de pronto, sienta una nostalgia que quiere evitar, aun conociendo la verdad; en mi caso, al recordarlo, simplemente tuve que llorar tristemente. Ahora les explico el porqué. El pastor nos incitó, peligrosamente, a sopesar nuestro corazón sediento en aquel día de salvación, y los hermosos días que le siguieron, con nuestra vida de cristianos actualmente. Vaya comparación, eh.

“Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte (2 Corintios 7:10)”.

La salvación está intacta, nadie te la puede arrebatar (Juan 5:24). Pero no todo termina ahí. El ser cristiano es un proceso inacabable, en el cual Dios es dueño del mismo. El no puede renovar su amor para nosotros porque Su amor es eterno y perfecto (Romanos 8:38,39). No obstante, nosotros sí podemos hacerlo. Quizás muchos no nos hemos dado cuenta de cuánto hemos dejado de tener hambre por Él, hambre de Su presencia. Quizás nos olvidamos de vivir la historia de cierto carpintero que murió de la peor manera por nosotros y lo grabamos en la mente como algo histórico que se pierde en los anaqueles antiguos; cierto, sabemos que fue real, pero fue un suceso más, es decir, ya murió por mí ¿no? Quizás hemos permitido una insensibilidad a las prédicas en las iglesias porque el tema siempre es el mismo: Jesús, Jesús y más Jesús. “Porque de tal manera amó Dios al mundo... bla bla bla” El Juan 3:16 parece tan trillado, y su significado no es más que una sombra de palabrería que alguna vez significó algo y salvó tu vida. Todos, síntomas del descuido de dejar el primer amor.

“Dice Jehová: Tengo contra ti, que has dejado tu primer amor (Apocalipsis 2:4)”.

Cuando regresé a los brazos de mi Dios, sentí la sensación más exquisita e inexplicable que he sentido en toda mi vida. Todo lo que existía, cada paso que daba, recuerdo, era por Él, cual zagal adolescente que logra conquistar a la chica de sus sueños y hace hasta lo imposible por verla sonreír. La vida no podía ser menos que perfecta. Conocía del primer amor, pero en ese momento no me percataba de su existencia. Un hermano me dijo que yo estaba viviendo el primer amor, y por eso mi increíble alborozo. Sinceramente, creí que ese amor jamás se acabaría, que lo intenso de mis días duraría hasta mi muerte. Cada día que pasa el Señor perfecciona su obra en nosotros (Filipenses 1:6), de eso no hay duda. Pero, hay que interrogarnos, cuánto estamos mostrando esa pasión por Él como aquel día en que lo conocimos. Con cuánta intensidad estamos tratando de darle lo que Él se merece. Con ‘dejar el primer amor’, no estoy hablando de ser víctimas de una emoción pasajera o, en términos platónicos, de una tonta ilusión amorosa. No estoy poniendo en duda la salvación. Hablo de regresar a aquel manantial del que bebimos por primera vez, del primer abrazo paternal que recibimos, de la delicadeza al hablar del ser que más amas a otras personas, de la primera velada que tuviste a solas con él. Aquel espacio santo que renace sólo en testimonios que evocan cierto día algo que fue real.

“¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? (Mateo 26:40)”.

Quizás no “andes en pecado” como los adúlteros o los hipócritas (Romanos 3:10). Haz renunciado a muchas cosas por Él, y te sientes bien por no ser malo como los del mundo (Lucas 18,11). Probablemente ores todos los días, pero tus versos son largos discursos o frases que has ido memorizando de algún hermano y has ido complementado con el de algún otro, nada nuevo, nada original, ‘lo que te pedí ayer, lo mismo, nomás Señor’ (Mateo 6:7). Vas a la iglesia fielmente todos los domingos, pues se hizo una costumbre saludar a la congregación quien te devuelve una sonrisa de aprobación por tu asistencia. Es posible que en tu colección de discos se encuentre el último single de Jesús Adrián Romero, o Hillsong para los más jóvenes, pero las melodías ya no te conmueven como antes. Los cuadros en tu casa hacen notar tu devoción con el Salmo 23, o el 27, bien ubicado para que toda visita sepa que eres un cristiano. Felicidades, hermano, has logrado obtener el título de religioso. Vistes todo lo que es necesario para ser llamado un cristiano. La fachada te queda perfecta. Pronto te das cuenta de que nada te llena, que haz llegado al hastío espiritual. La fe ya no es lo que solía ser antes, se va deteriorando en un proceso muy sutil y, a veces, invisible. Tu fachada de cristiano está intacta, pero tu alma no encuentra esa sonrisa que tuviste el día de tu salvación. Yo le pregunté a Dios, ¿Qué pasó con el Carlos que no dormía si no habitaba en Tu templo y te adoraba sin importarle el reloj? Y… ¿Qué pasó contigo?

(continuará)