jueves 10 de abril de 2008

Carta

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Padre,

He olvidado para qué me diste piernas, manos, razón y voz. He olvidado por qué me siento tan débil. He olvidado tu grandeza y tu poder sobrenatural cubriendo mi mirada en cada paso que doy. He olvidado el apellido que tengo, que me otorgaste dando todo por mí. He olvidado tu fidelidad, tu amor y tu sangre goteando de tus cansinos pies en tal infame cruz. He olvidado y, como niño obstinado, no he querido oír tu llamado. He olvidado agradecerte cada mañana tus cuidados, tu cariño y tu gracia. He olvidado por qué estoy en el sitio en que estoy. Pero no he olvidado, fiel Señor, tu misericordia y el día de salvación en el cual pude sentirme libre por primera vez.

He olvidado que la única tarea que tengo en este mundo es levantar mi voz en alto y declarar que eres digno, y toda la tierra estará postrada ante tus pies pues tú mereces la gloria y la honra. Tú eres todo. Cada segundo es dominado por tu aliento. Cada territorio ha sido recorrido por tus pies santos. Cada destino ha sido ideado por tu sabiduría y amor. La tierra pasará, pero tu Palabra, tu verdad, jamás pasará. La tierra no es nada sin su legítimo Rey.

No puedo ni pensar en tener otra vida si no es contigo. Habla, Adonai, que tu siervo oye.

Tu Hijo que te ama.



“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17:3)”.

jueves 3 de abril de 2008

Inconforme

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“You know what? …
I feel that God makes me weak.
That’s why I can’t leave
Him anymore”.



Me das una identidad, no tengo más remedio que aceptarla. Porque la otra, la más fácil, la muerta, ya me hizo vomitar muchas veces. Quieres dependencia, ¿qué otra opción me queda? No quiero como aliado a la resignación. Me duele hasta el alma y me hace repudiarme.

Sólo un deseo, quizás dos hasta morir. Llévame a Getsemaní, quiero aprender todo de nuevo. Muéstrame tu rostro, para saber que tengo uno. Ya no aguanto más, mis huesos piden por Ti.

Aliento poderoso llévame a ese estado infantil. Llévame a tu atmósfera de rendición. Cambia mi nombre, porque el mío ya no sirve. Papá, desvía tu mirada hacia mí, abrázame. No espero que te sientas orgulloso de mí. Pero así, conchudo como soy, me atrevo a gritar que te necesito demasiado.

Quiero vivir viéndote mirándome. Y nada más. No necesito nada más, sólo a Ti. Tú eres el único que acepta mi imperfecto amor. Tú, creador, tienes los ojos que necesito me vean.

Acércate. Acércate o moriré.


"... Jehová oirá cuando yo a él clamare (Salmos 4:3)".

jueves 13 de marzo de 2008

Y caminando.

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"But these things I have spoken to you,
so that when their hour comes,
you may remember that I told
you of them... (John 16:4)".

Insoportable, sol maligno
causante de ojos ardientes
y labios quebrados, secos. Desierto.

Me enseñaron a mirar una
ruta, monótona, venenosa
de colores detestables
y asesina de cayados.

El paisaje desalienta, mi
vista es perseguida; y el cielo,
ese cielo, la promesa,
zagal ella, me recuerda.

Promesa de dolor cargada,
mientras días pasan y
el amor, ya no resulta tan fácil,
con el nocivo reloj a mi lado riéndo.

'Te amo', palabras dóciles.
Más facil aún, ¿cerrar podría mis ojos?,
y jamás has existido.
Más la realidad...

¿La realidad engañar?
Y el sentido de una vida,
nuevamente perdida.
pero..

Ya no puedo. Ya no existo.

lunes 25 de febrero de 2008

Rendición

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No entiendo qué puede estar removiéndome los suelos ahora. Costándome mares de lágrimas, y desvelos que a veces creo innecesarios. Mis enemigos escarnecen Tu nombre porque los invoca un ser débil e ineficiente, alguien acostumbrado a un Edén inexistente. Se desgarra mi alma al ver que todo lo que me diste, me quitaste. Que seres que amé, ahora luzcan indiferentes a mi indiferencia. Que mi protagonismo debe morir, para conocer la grandeza de Tu gloria. Me cuesta, me cuesta mucho. Me cuestas mucho...

“Adorar a Dios no es barato… cuesta la vida (Danilo Montero)”.

No entiendo qué pasó hace unos días, pero mi vida ha cambiado. En casa me espera alguien que quiere ungirme con Tu poder, mientras yo, en el tranquilo pasto, rodeado de ovejas y guitarra en mano, aún me pregunto cómo puedes querer usar a un ser melancólico. Mi inconformidad no parece un atributo positivo, es por eso que necesito saber qué esperas Tú de mí. Necesito saberlo. Actuar es tan difícil cuando en quietud se puede ver Tu mirada. Pero me inquieta saber que desvías tu mirada a otros que no creen en Ti, que blasfeman contra Ti con sus vidas. Y lloras por ellos...

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos (Juan 17:20)”.

No entiendo Tu paciencia y Tu perdón. Tus pactos eternos y perfectos, cuando los míos son efímeros e irreales. Si de veras amas la justicia, pues deberías olvidarte de este mortal. Aún así, existe algo hermosísimo que restauró una triste vida, color carmesí, me hace sentir tan bien que no puedo explicarlo con palabras. ¿Tu preciosa sangre... por un niño?

"Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños... (Lucas:10:21)".

Y no puedo entender, y creo que jamás lo haré, por qué me amas tanto. Y yo no puedo evitar amarte. Eres mi sustancia. Mi vida resulta patética sin Ti. Permíteme vivir para Ti, Adonay. No encuentro una mejor vida si no es a Tu lado. Demándame lo que quieras, mi Maestro. Mi confianza está puesta en Ti. Y hoy renuncio a mi vida, por Ti.

“Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; Tú sustentas mi suerte (Salmos 16:5)”.



-Siento decirte esto, y un día me lo dijeron así: Dios te dice, ¡sal del la higuera y no digas más soy niño porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande!

-¿Saldrías tú de la higuera sabiendo que ahí está el calor protector de Dios? … ¿o me estoy engañando?

-Pues si lo quieres ver cara a cara como Jacob, o ver su espalda como Moisés, o ver venir hasta el Seol por ti como David, pues sí.

(Conversación con un hermano, amigo y siervo de Dios)

viernes 22 de febrero de 2008

JC: Resurreción y Victoria (parte 4)

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Continuación de serie JC (1, 2, 3)

“Y por medio de Él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz (Colosenses 1:20)”.

Un ser de aspecto como un relámpago y su vestido como la nieve (Mateo 28:3) brillaba en el fúnebre recinto provocando terror a las fieles mujeres. Los guardias que cuidaban el sepulcro huyeron despavoridos al ver al sujeto. Sabían que nada andaba normal desde que ajusticiaron al inocente nazareno. ¡No teman! Un gozo complementaba el temor, esa luz de alguna manera señalaba una naciente esperanza que dos días atrás había sido clavada y sepultada en la oscura cueva sin intenciones de regresar. Mientras el ángel de Dios hablaba, María Magdalena, perdida en la mirada, liberaba el fruncimiento de su rostro, y completaba una triste sonrisa cuando escuchó las siguientes palabras: No está aquí, pues ha resucitado (Mateo 28:5). Fue cuando, consternada, recordó los insistentes anuncios de la muerte de su amado que, por aquellos tiempos, nadie lograba entender (Marcos 9:32) y, la mejor parte de todo, Su resurrección:

“…se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. Pues será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y afrentado, y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día resucitará (Lucas 18:31-33)”.

Resucitaron sus esperanzas. María Magdalena, y Juana, y la otra María fueron a ver a los discípulos inmersos en una profunda tristeza para contarles lo que habían visto. Éstos dudaron y tomaron como ofensa que las mujeres vayan a darles semejante noticia a corazones ya desesperanzados y abatidos. Locas, fueron llamadas (Lucas 24:11). Entre ellos, Pedro, como nunca débil y melancólico, sin el impulso ni la osadía que lo caracterizaba, se levantó. No tenía nada que perder, ya lo había perdido todo. Echo a correr, mientras que Juan, despedazado hasta el alma, recordaba cómo vio morir a su amado al pie de la cruz; habría dado lo que fuera por verlo nuevamente, abrazarlo y decirle cuánto lo amaba. Desesperado, sin saber qué creer, fue corriendo tras Pedro, y un amor inexplicable le aceleró los pies (Juan 20:4), y se adelantó. Llegaron, vieron los lienzos solos, creyeron y se maravillaron. Finalmente, volvieron con los demás.

“¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos? (Mateo 21:42)”

La cueva era aún victima de sollozos lastimeros. María Magdalena, contagiada de la ardiente pasión de los otros discípulos, quien había seguido a Jesús en todas sus empresas y le había servido con fervor (Lucas 8:2), lloraba de rodillas, sin consuelo. Su corazón latía confusamente cuando decidió mirar dentro del sepulcro. Escuchó una voz. Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Pensó que era el hortelano y le preguntó por el cuerpo. La voz se dulcificó y habló con autoridad. ¡María! En ese instante, sus ojos fueron abiertos y vio a Su Maestro. ¡Raboni! (Juan 20:16). Se acercó raudamente a besar sus pies cuando Jesús le dijo que no lo toque. Quería ver a Papá primero. Él estaba tan feliz, tan ansioso por ver la sonrisa poderosa de Su Padre porque, complaciente, le obedeció hasta Su último respiro en la tierra. Además iba a celebrar Su victoria pues con Su muerte no había perdido nada, sino había ganado la salvación de la humanidad (Juan 6:39).

“Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios (Juan 20:17)”.

Como nunca esa frase se tornó en una verdad eterna para quienes creen Su nombre. El enemigo y sus planes perversos se vieron reducidos y destruidos en la cruz. Ahora que Jesús compró la vida de todo ser humano con Su muerte, la conexión con el Padre sería perfecta. Fue la mayor victoria de todos los tiempos. Por entonces, dos hombres que estaban con los discípulos, salieron a Emaús, una aldea no muy cercana a Jerusalén, recordando lo acontecido con tristeza en los ojos, y cansancio de alma. De pronto, Jesús se acercó y caminó con ellos, pero éstos no veían quién era en verdad, pues tenían los ojos velados (Lucas 24:16). Ante la pregunta de Jesús, ellos comentaban cómo el pueblo había perdido a un profeta más, quien supuestamente había de redimir a Israel. Ante esto, Jesús, les explicó que era necesario que el siervo de Dios padeciera y entrara en su gloria (Lucas 24:26). Con sus labios, lleno de versos profundos y poderosos, declaraba las Escrituras y les explicaba las profecías. Cuando llegaron a su destino, y Jesús, quien aceptó la invitación que le hicieron para quedarse junto con ellos, bendijo el pan en la mesa, les fueron abiertos los ojos y le reconocieron. Antes de que alguna reacción desmesurada interrumpiera la cena, Jesús desapareció de su vista.

“Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras? (Lucas24:32)”.

Inmediatamente, ellos volvieron a Jerusalén, y vieron a los discípulos reunidos, y les dijeron todo lo que habían visto. Perplejos, los once se miraban entre sí. ¿Sería verdad? Las mujeres y estos dos dicen haberlo visto. ¿No nos enseñó el Maestro a creer? De pronto, Jesús se puso en medio de ellos. Paz a vosotros. Un silencio de terror, lágrimas sin destino, ojos quebrados. Estaba precioso y brillando. Hipnotizante como siempre. Jesús percibió su asombro, ¿por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? (Lucas 24:38). Juan temblaba cuando Jesús mostraba sus manos y sus pies que él había visto atravesados, rojos, desgarrados. Jesús sonreía al ver la inoperancia de sus hijitos, y para romper el hielo les preguntó: ¿Tenéis aquí algo de comer? (Lucas 24:41). Era Él. Siempre tan original, tan innovador, tan amoroso. La felicidad y el gozo jamás fueron tan intensos en todo el mundo como aquel día en ese cuartito pequeño. Jesús había resucitado.

Chay